miércoles, 17 de junio de 2009

Meditación


Es cierto; estoy convencido. Se que desde que se inventó el primer reloj o el primer artilugio de medir el tiempo, los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses y los años, siempre son iguales...Mas ahora, a mi me parece que los segundos avanzan veloces, los minutos trepidantes, las horas muy rápidas, los días muy ligeros, los meses a prisa y los años... a mi se me presentan todos los cuatro de septiembre; ¡de sopetón!. Ahora me parece que envejezco demasiado rápido, aunque la medida del tiempo sea la misma. No obstante, he de agradecer al Omnipotente que gobierna esta nave, que aún me mantenga por aquí, no se si para bien o para mal, pero, se han marchado ya tantas personas buenas, que estaban dentro de esta ya peligrosa década de los setenta...
Tengo fuerzas para vivir y renovadas ilusiones: Leer, escribir, pintar, interpretar un personaje en el Teatro, asistir a una buena tertulia... Sin embargo, soy consciente de que está más próximo que nunca el final. Y digo renovadas ilusiones, porque soy fuerte espiritualmente e intento comprender, a pesar de lo difícil, el mundo inmediato que me rodea. En este apartado no ha habido suerte. En salud ¡toda! pero, precisamente, cuando se tiene salud es cuando mejor pueden desarrollarse las vivencias y, sin embargo, en un gran porcentaje carezco de ellas, hay excepciones y los que componen esta excepción ya lo saben. Quiero decir por parte de los que me rodean, pues lo que es yo, sigo en mi intento de desarrollar toda clase de vivencias. Primero con mi mundo más inmediato, la familia, para seguir aplicándolas a todo ser viviente que se me acerca o permite mi acercamiento. No obstante y cómo es natural, tengo mis serias dudas sobre si el responsable de mi mala suerte sea tal vez yo.
Ahora bebo de mis sentimientos, estoy llorando muy despacio porque las lágrimas me llegan desde muy lejos, como cansadas. Y, cómo no es posible vivir sin ALMA, ese maravilloso don congénito o celestial te juega unas pasadas... Cuantas veces me he preguntado, ¿para qué quiero el alma? Pero enseguida me arrepiento, porque vivir sin alma tiene que ser horrible. Gracias al alma, saboreo mis sentimientos y profeso AMOR y observo cómo avanza la luz del amanecer, cómo se transforman los colores, las plantas, los animales, la atmósfera, el clima. Cómo, en la nueva alborada, aún sigue todo quieto, inerte, mas tan pronto despunta el astro rey, comienza una tenue brisa que te cala hasta los huesos, y todo, como ya apunto, empieza a transformarse. Así responde la sabia Naturaleza a todos los que, a través del ALMA, creemos en ella.

© Federico Serradilla, junio de 2009

No hay comentarios:

Publicar un comentario