sábado, 6 de junio de 2009

La caña

-“Doh l´eruo”- me pidió la gitana con desdén-“cójela usté”- me espetó señalando con su aceitunado y afilado dedo un cubo de latón lleno de cañas.
Era miércoles de feria. Cientos de carruajes desfilaban por el adoquinado en fila india y en ambos sentidos de Pascual Márquez. El olor a desinfectante mezclado con el de los excrementos de los caballos embadurnaba el caluroso mediodía de abril. La feria estaba a reventar de gente. El albero se levantaba de las aceras sobre nuestras cabezas al paso de la apresurada multitud como una amarillenta calima. Las casetas lucían sus rayas rojas, verdes, azules, farolillos, guirnaldas, cadenetas… Los colores de los trajes de flamenca, volantes y encajes revoloteaban por ellas y repiqueteaban palmas al compás de sevillanas. De las ajetreadas cocinas, el crepitante y avinagrado olor a “pescaito” frito, emanaba delicioso, humedeciendo nuestras bocas.
Me incliné hacia el cubo y comencé a examinar las cañas, cosa que no agradó mucho a la desconfiada vendedora. Me miraba como si escondiese algo y temiese que yo lo descubriera. Las había graves y agudas, las primeras más gruesas y un poco más largas, y las segundas más finitas y cortas. Estaban cerradas por las puntas con tres tiras de cinta aislante, dos verdes y una blanca, formando la bandera de Andalucía. Agarré una de las agudas.
Era la más larga de las de su clase y no tenía ninguna grieta. La miré de arriba a abajo deteniéndome en las tres bandas de cinta que aún la cerraban.


-“Hay c´abrila”- me dijo impaciente la mujer- “dame usté”.
La gitana sacó una navaja con las cachas de madera del bolsillo del delantal. Aún no estaba convencido de que aquella fuera mi elección. Sin embargo, viendo que la mujer se mostraba nerviosa, le di los dos euros y la caña para que le rajara el extremo cerrado. Le introdujo la navaja por un hueco y con un diestro y certero tajo cortó la cinta. La sacudió dos veces sobre su mano izquierda para comprobar su sonido y me la dio.
Aquella tarde en la feria pasó sin pena ni gloria para la caña. Solamente la hice sonar unas cuantas veces en casetas con tanto ruido que apenas pudo escucharse. Se pasó las horas enfundada en el bolsillo trasero de mi vaquero.
Después de rodar por el maletero del coche durante casi dos meses, el domingo pasado en la romería llegó su momento. La saqué a ese tibio y festivo Sol de últimos de mayo en Alanís. A la sombra centenaria del encinar que cruza el cordel de Los Carros, en medio de la luminosa paleta de colores con que la primavera pinta a la dehesa de San Pedro: lilas, amarillos, rojos, blancos, todos los tonos del verde bajo un cielo celeste claro salpicado de inmensos cúmulos de algodón. Se la presté a la hija de unos amigos que se paseaba en un carruaje con unas amigas, vestidas de corto, unas y de flamenca, otras.


- Déjame la caña, Leo- me dijo.
- Vale, pero no me la rompas, Claudia -le advertí- que me tiene que durar todo el día.
Los gélidos botellines de cerveza, los rebujitos, los platos de carne a la brasa, el queso, los pinchos y demás exquisiteces, acompañados de amistad y risas, hicieron que me olvidara de ella. Sin embargo, a eso de las ocho de la tarde, mientras en la radio contaban como el Betis descendía otra vez a segunda división, apareció el carruaje. Al levantar el trasero para apearse una de las pocas muchachas que quedaban subidas, quedó al descubierto la caña sobre el asiento. Rápidamente fui a por ella. Estaba aparentemente entera, pero al hacerla repicar, noté que la habían cascado.
El rebujito comenzaba a dejarse notar en el ánimo de la gente. Poco a poco la manzanilla y la cerveza nos liberaba de miedos y vergüenzas. Desde la encina de al lado llegaba el soniquete de un flautín a ritmo de caja y tamboril. Se escuchaban palmas y cantes junto a dos coches que hacían de recostadero. El Sol ya andaba limpiando las herramientas. No lo dudé ni un momento. Cogí mi caña y mi sombrero de paja y me uní a aquel grupo de paisanos. Unos pocos tercios de fandangos, muchas sevillanas a medio terminar y algunas rumbas aguantó la caña, un poco ahuecada pero con fuerza a pesar de sus heridas. El tiempo volaba alrededor, pero allí, en aquella reunión de cantes y copas, como dijo un pregonero “no se miraba ni un reloj”. En aquel suelo de pastos y hojas secas, de guijarros y polvareda compartimos vino, comida, risas y mucho, mucho arte. Todas las coplas sonaban bien. Allí no había Mairenas, ni Palis, ni Camarones… Éramos empleados, panaderos, bomberos, albañiles, jornaleros, herreros, carpinteros, cazadores, furtivos, pescadores, de izquierdas, de derechas, altos, bajos, con y sin dinero y al final de cada copla el “olé” te saltaba desde adentro. Unas te hacían reír, otras rezar, querer, llorar… Y sentir, sobre todo sentir. Sentir que somos hijos de una misma tierra y de un mismo pueblo y aunque cada uno después se haya buscado las habichuelas por donde ha podido, en él hemos nacido y nos hemos criado. Y es que si el pueblo siempre va en tu corazón, siempre, por mucho que tardes en volver, siempre estará ahí para abrazarte.
-“Doh l´eruo”- me pidió la gitana por aquella caña, y yo se los di con gusto, porque cuando se los di, aunque mis pies pisaban el albero de Sevilla en abril, yo en mi cabeza ya pisaba pasto y hojas de encina secas y escuchaba fandangos, una caja y un tamboril. Aquello era la Feria de Abril, pero mi corazón latía ya en mayo, en mi romería, latía en Alanís.

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