martes, 19 de mayo de 2009

Hacía una buena tarde

Pintura de Palomo Reina

Hacía una buena tarde, por ello, prolongué una hora más mi sesión de pintura a la orilla del río. Precisamente y cuando recogía los bártulos, se acercaron unas muchachas alegres y dicharacheras, también de vuelta para casa. Quizás vendrían de pasear en las barquitas de pedales, no lo sé. Una de ellas, la más atrevida me pregunta...:

- ¿Eso lo ha pintado usted?

- Sí- le respondo.

-¡Qué bonito!- dijo otra de las chicas.

Y así se inició, en forma de corro, sobre mi persona, una muy agradable tertulia entre “un mayor” y unas adolescentes encantadoras. Según contestaron a mis preguntas, tendrían entre los doce y los catorce años. ¡Dios mío, que edad tan maravillosa! Eran amigas entre sí y casi todas compartían colegio.

La edad es la edad. Los niños, decimos todos, que saben mucho ahora. Es posible, dados los adelantos, que así sea, pero estas niñas tenían, dentro de su inteligencia y “su saber” de hoy, esa pura y fresca inocencia de los doce años. Su rubor, su candor, su timidez o su espontaneidad, era exactamente igual que las niñas de hace cuarenta o cincuenta años. Después de hacerles unas breves observaciones, con todo mi corazón, gané su confianza y se formó una tertulia, tan peculiar como poco frecuente. Los mayores hemos perdido la paciencia con los jóvenes por lo que, difícilmente, se establece un coloquio tan apasionante como el de ayer a orillas del milenario Guadalquivir. Apasionante, sí, porque la sinceridad y la ilusión son sólo patrimonio de los niños y de aquel mayor que esté dispuesto a provocar una tertulia, tan espontánea como rica en humanidades. Hablamos de sus padres, del colegio, de los compañeros, de la gente, e incluso, alguna de ellas, de su incipiente enamoramiento de algún chaval de más o menos su edad. Aunque hubo una que, tras ponerse “colorada”, dijo que le gustaba un vecino suyo que tendría unos veinticinco años. Yo, tras mis sesenta años de acumular experiencias, disfruté de lo lindo
aconsejándoles sobre un repertorio bastante variado.

Anochecía y algunas de las chicas tenían ya temor por la hora de regresar a su casa. A mí se me había ido una hora, como podrían haber sido cinco, sin darme cuenta. Por fin nos despedimos todos. Espontáneamente, me besaron cariñosas y muy respetuosas a la vez. Y, hasta hubo una que, muy tímidamente, me agradeció la “extensión bondadosa”, por mi parte, del conciliábulo.

Definitivamente recogí los bártulos y avancé por la rampa, que lleva al aparcamiento, muy lentamente e inundado de un halo luminoso de paz y bienestar.

Este inopinado encuentro, me hizo ver y sentir que la adolescencia, pese a los tiempos peligrosos que corren, sigue siendo un derroche de sinceridad y una fuente inagotable de ilusiones. Bendito sea Dios que aún me deja saborear la transportación a las mieles de aquella mi feliz juventud, a pesar también de los tiempos miserables de posguerra que corrían.

Como ya dijo alguien, antes que yo; LA HISTORIA SE REPITE.


© Federico Serradilla Spínola, Mayo, 2009.

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