jueves, 24 de diciembre de 2009

Relato de Navidad en Alanís (hace mucho tiempo)

Hacía mucho frío y un vientecillo del Norte “que pelaba”. El párroco, con paso firme y muy ligero, currucado en su sotana y con la bufanda tapado hasta la boca, atravesaba la plaza. Se dirigía a la Iglesia para preparar y adornar el altar. En unas horas, se celebraría la Misa del Gallo. Al llegar a la puerta se encontró a una ancianita que, “arrebujada” en una raída manta apretaba a tres pequeñines, intentando guarecerlos de tan intenso frío. No eran del pueblo. El párroco jamás los había visto. ¡Hola señora! ¿Qué hace usted aquí y con estas pobres criaturas?... Verá usted Padre, íbamos por la carretera, nadie nos subía a su coche y como ya se hacía de noche, decidí que la pasaríamos aquí, hasta emprender de nuevo el camino. El cura les invitó a pasar dentro de la iglesia y les proporcionó calor y alimentos. Para la misa, a la anciana la vistió de pastora  y a los niños de pastorcillo, los colocó en el altar y les rogó que no se movieran. Lo hicieron tan bien que, los feligreses, llegaron a creer que eran figuras de cera construidas a tamaño natural. El Párroco en la puerta, despedía a todos los asistentes que, muy emocionados, le felicitaban por aquél logro.“Parece como un milagro” agregaban. Tras cerrar la puerta, el clérigo se dirigió al altar con el fin de aposentar a la anciana y sus pequeñines en la Sacristía. Allí no había nadie. Buscó por todos los rincones de la Iglesia y, ¡nada!
¡Habían desaparecido! Este buen cura no hacía más que meditar... Pues tendré que pensar como mis feligreses; ESTO HA SIDO UN MILAGRO.

© Federico Serradilla, Diciembre 2009

domingo, 13 de diciembre de 2009

Microrrelatos navideños

Los microrrelatos son una forma de contar historias con pocas palabras, ideales por su extensión para los tiempos que corren, tanto para el que los escribe, como para el que los lee. A continuación os dejo un par de microhistorias que se me han ocurrido con la cercanía de la Navidad:

Visita Navideña

Me pareció que llamaban a la puerta:
-¿Quién es?
No contestó nadie.
-¡Marchaos!-grité, pero ya habían entrado.
Pasaron otra Navidad conmigo, en silencio.


Obesidad Navideña

Por las ventanas caían décimos de lotería rotos.
Había hogueras en las calles alimentadas con rifas
hartangas y participaciones para el sorteo del día veintidós.
Se corrió la noticia de que al Gordo de Navidad,
con esto de la crisis, le acababan de dar el alta
del hospital en el que lo operaron.
Le habían reducido el estómago.

Si se te ha ocurrido alguna, ¿a qué esperas para publicarla en ALAS?
Envíamela a alasdealanis@gmail.com, o déjala más abajo en "comentarios".

Felices Fiestas

Leopoldo Espínola, diciembre de 2009


viernes, 4 de diciembre de 2009

El árbol triste



Sombrío el árbol, pálido, desnudo
por fría escarcha, por delgado viento,
por fina lluvia que lo cala mudo,
por nieve nácar que lo hiela lento.


El árbol mustio por invierno crudo
se siente solo, de amistad sediento,
llora por sus hojas, febril, menudo,
tan sólo él tiene el aire y su aliento.


Medroso asoma pardo pajarillo
y el árbol respira, un techo de cielo,
paredes de savia, alfombra de cieno.


¡Qué gran morada a seco estribillo!
Contento al árbol se le acabó el duelo,
chisporretea su corazón pleno.

© Koki, diciembre de 2009

miércoles, 2 de diciembre de 2009

A una mujer niña (Recordando a Benedetti)

Me alegra cuando vibras
y cuando sabes lo que haces.
Me alegra verte soñar
en tu propia realidad.
Me alegra cuando arriesgas por tus sueños,
con ese justo proceder.

Y cuando regalándome sonrisas,
me ofreces tus manos generosas
con ese tacto tan tuyo.

Me alegra y me contagia tu energía,
y que aún juegues a ser niña.

Tu lucha ante la adversidad
y tus internas reflexiones.

Me gusta tu oportuna presencia
y que juegues en paralelo
con la cabeza y el corazón.

Me gusta tu humildad y tu fe,
tu esperanza y tu agradecimiento.

Me gusta tu amor para con los demás,
tu alegre y sencilla humildad,
que ganes, sabiendo perder
y que andes, sabiendo caer.

© Federico Serradilla Spínola, octubre, 2009.  

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El viejo olivo



 Un viejo olivo de un rincón sombrío
acunaba óleo prado macilento,
de madurado fruto polvoriento
maldecíalo un corazón impío...

Triste penar, penar desierto el mío,
rumiaba el campesino al pardo viento,
sólo hallo aquí tristeza y descontento
y los huesos cansados por el frío.

El olivo le contestó afligido...,
mis hojas a tu frente le han besado,
y más muerto que vivo yo he seguido 

derramando mi fruto ensangrentado;
mis ramas a porrazos has herido,
mas de ti, yo jamás he renegado.


© Koki, noviembre de 2009


sábado, 14 de noviembre de 2009

PIEDRA DE SANTIAGO



Tal que te contemplo, esbelta y somnolienta
Gastada, más señorial y admirable
Errante autóctona de mirada incansable
¿Quién en ti, dulce paz no experimenta?


Testigo de momentos, muda de palabras y sedienta
Sabedora de vidas, de guerras  insaciable
 A tu entorno, a tus pies todo fluye viable
Impávida, donde el amor se acrecienta


Sobre tu lomo gris ¿Quién no ha viajado?
A un mundo de quimera, donde la paz se engendra
¿a cuántos, dime amiga, has convidado?


Te trepan los recuerdos, no las plantas y yedra
Dime que se siente, dime lo que has pensado ,
Al ser historia viva, siendo tan solo piedra.

© Koki, noviembre 2008

sábado, 7 de noviembre de 2009

¿Culpable por necesidad?


En septiembre, un hombre ha talado los tres hermosos olmos que rodeaban mi casa. Amenazaban ruina, al colarse, en su crecer y crecer, a través de los cimientos y he sentido en mi interior una sensación profunda de culpabilidad. ¡Eran tan hermosos y protectores de la canícula veraniega sobre mis tejados! Y ahora que ha llegado el otoño, echo de menos el pulular del viento a través de sus hojas y el balanceo de sus hermosas ramas que parecían saludarme en la mañana, tan pronto salía al jardín para hacer mis ejercicios para las cervicales, recetados médicamente.

 Hice que los troncos fueran cortados a rodajas y amontonadas uniformemente al pie del ventanal de la cocina. Desayuno con ellas todas las mañanas. Las observo y sigo sintiéndome culpable de haber roto sus vidas. Tan temido me siento que, cuando apriete el frío a punto de llegar, no sé si seré capaz de introducirlas en la chimenea donde desaparecerán sus preciosas vetas ondeantes, cubiertas de una corteza  grisácea de arabescos caprichosos. Desde ella y hasta el punto central,  corazón del tronco, hoy he contado sus años de existencia; justamente cuarenta y dos y se me ha roto el corazón en mil pedazos.  Con cuarenta y dos años murió, hace veinte, mi entrañable y querido hermano Paco, también talado por una terrible enfermedad. Esto me ha hecho pensar: ¿casualidad o  profecía? 

Cuando llegue el frío, no sé si encenderé la chimenea, tan agradable y de tan entrañables recuerdos de mi niñez en Alanís, o quizás opte por la calefacción eléctrica, que no te produce esa sensación tan agradable y evocadora de la chimenea. Lo que sí es cierto, que nunca ante un hecho aparentemente banal, me sentí tan culpable como con este, de arrancar la vida de cuajo a tres hermosos olmos, crecidos en la parcela de un amante de la Naturaleza.

© Federico Serradilla Spínola, octubre de 2009.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

LA SEÑORA




Pasaste por mi calle,
con tu guadaña,
nadie te vio,
no te esperaban.
Tus negros ropajes
aleteaban
al socaire del viento
que despertabas.
Andabas sin prisas
pero sin pausa,
seguros tus pasos,
nada dudabas.
Pasaste por mi calle,
no te esperaban.
Tu mirada ausente
nada expresaba,
ni un sentimiento,
ni una palabra.
Todo era frío
como la escarcha…
Llegaste a la puerta,
no hubo llamada,
entraste en silencio,
no te esperaban.
Sentada en la silla
alguien dudaba,
“¿Vienes por mi?
¡No te esperaba…¡”
Tus cuencas sin ojos
nada miraban,
un gélido aliento
te delataba.
No contestaste,
nada expresabas,
solo llegaste
con tu guadaña
cargada al hombro,
prieta en la espalda…
Y en un instante,
como si nada,
cortaste el hilo
que anuda el alma;
y un cuerpo frío
como la escarcha
quedó sentado,
robada el alma…
Después, el llanto,
desesperanza,
gritos que claman,
dudas que matan,
vida que muere,
alguien que acaba…
Pasaste por mi calle,
no te esperaban….

© Luis Narbona Niza, noviembre 2009

lunes, 2 de noviembre de 2009

CANTO DE INVIERNO




Foto: Leopoldo F. Espínola Guzmán

La tarde se escurre, fugaz entre los dedos.
Se escapa a borbotones por la ventana abierta.
En mi cuarto la soledad se disfraza de miedo.
En la tele dicen que vendrá la guerra

Y en la calle el tiempo impenitente
escribe desganado el borrador de la vida,
con la tinta sucia y gris del “como siempre”,
sobre el dorso de hojas muertas y furtivas.

Y yo sigo sin saber qué musa conjurar,
ni en qué rincón del alma he de buscar
para encontrar en esta tarde la poesía;

Y calmar este frío que emana desde dentro
de estas cuatro paredes donde intento
deslizar un verso en la prosa de los días.


        (c) José Antonio Millán, noviembre 2009

miércoles, 28 de octubre de 2009

ALMORAIMA, SUEÑO DEL GUADALQUIVIR




Es una calurosa noche de verano; noche de estío andaluz. Tedio y sopor se reflejan en tus aguas mansas, mezclándose con el fulgurante brillar de las estrellas. La luna se asoma burlona, iluminando con su palidez las casas de  Triana, la dorada torre, el minarete de la Giralda, la Mezquita, las almas de tu tierra… Y tú, lento, apacible, dejándote llevar, derramándote.
     Se ha levantado una suave brisa que dispersa la calima espesa y maloliente. De la mano del aire te meces en un columpio imaginario y dejas volar tus pensamientos, abriendo de par en par sus puertas al sueño. Recuerdas, envuelto en un sopor embriagador que adormece tus sentidos, como si estuvieran prendados del dulce néctar del vino. Recuerdas, recuerdas…


Almoraima, sueño del Guadalquivir,
quimera de otra noche veraniega,
recuerdos de amores prohibidos,
de amantes que esperan…


     … Apenas si acabas de nacer. Saltas con brío entre piedras y arbustos. Rebosas frescor y pureza cristalina. Eres todo nervio, toda fuerza, toda nobleza. Tu ser se expande con el más limpio de los aires y te envuelve, arrullante, el canto del ruiseñor, del jilguero, del gorrión.




Sierra de Cazorla,
Recuerdo de tu niñez…

     Tu camino, aún impetuoso, prosigue incansable. Corre por tus venas la mágica savia de la juventud. Te fundes en un solo cuerpo con la naturaleza que te rodea. Cañaverales, robledales, elásticos juncos que se inclinan a tu paso, peces, nutrias, pájaros… Todos sin distinción te acompañan alegres. Todos forman parte de ti; te pertenecen. Eres feliz, inocente, puro; inmaculadamente puro.

¡Quién pudiera soñar su juventud,
Quién…
¡Quién pudiera revivirla…!


 Ahora, tu andadura se reposa y detienes por un instante la veloz carrera, el frenético fluir. Miras a tu alrededor. Todo ha cambiado. Por unos segundos un nudo atenaza tu garganta. Sientes miedo. ¿Dónde están los árboles? Quien te viera, diría que una lágrima resbala por tus mejillas. Tu alma de río se conmueve. ¿Dónde están los árboles? Y como si las fuerzas te abandonaran, percibes en tu cuerpo el peso del camino. ¡Definitivamente lloras!
     El tiempo transcurre imperturbable; ajeno a todo y a todos. Juez implacable de nuestras vidas. Cruel tirano de nuestro devenir.
A lo lejos algo extraño, distinto a lo que conoces, se yergue desafiante en el horizonte. Córdoba. Árboles blancos que no tienen ramas, ni pájaros, ni esencia. Tan solo escasas y tristes flores que cuelgan de ellos y los adornan. Algo te oprime, te encajona, te limita. Por un momento sientes morir. ¿Qué será la muerte? Eterna pregunta sin respuesta. Ni tan siquiera tú lo puedes llegar a comprender.



Pero aprendes pronto. Conoces por fin al hombre; su vida, sus designios, sus pesares, su poder. Su incomprensión hacia ti. ¡Extraño ser!
     Quisieras escapar; huir a toda prisa. No puedes. Ahora lo sabes. Sientes como arranca por doquier trozos de tu ser; retazos de tu alma.

…Y la vida sigue
como el devenir constante de un río
que entre juncales deja
olvidados sus recuerdos.

Sigues adelante y en tu camino, Sevilla. Madurez, plenitud. Ha pasado el miedo. Has olvidado la pena. Presente, solo presente. Resignación. Te has acercado ondulante hasta la orilla. Allí, en la arena templada por el sol, acaricias unos pies desnudos. Es una forma de mujer. Su piel es suave como ninguna que recuerdes. Vuelves a ella una y otra vez. La miras fijamente y su rostro se refleja en tus aguas. Es hermosa; incomprensiblemente hermosa. Ojos negros de azabache. Cabellos largos y sedosos. Escultura perfecta. Se inclina sobre ti; te toca. Refrescas su cara; mojas sus labios. Te queda el sabor de un beso dulce y profundo. Sientes cautivar tu corazón, llenarlo de cadenas. Estás enamorado. Como una cantinela lejana oyes pronunciar su nombre:

“Almoraima, Almoraima…”

Y como el eco melodioso lo repites:

“Almoraima, Almoraima…”


Ya nunca escucharás otro nombre de mujer.


“Almoraima, Almoraima…”


Aún resuena en tus oídos cuando la ves alejarse. Corre graciosa hacia Triana, lejos de ti.


“¿Dónde vas?”
¡Vuelve!

No te oye. Se aleja más y más. No te oye…
     Y tú, que no puedes detener tu caminar; que debes proseguir condenado a un fluir eterno, imperturbable; que no tienes derecho al amor…

“¿Por qué?
¿Por qué?

En tu profundo interior sabes que, dentro de un instante, solo quedará de ella tu recuerdo; tu efímero y bello recuerdo. Infame ironía del destino.


“Almoraima, sueño del Guadalquivir,
bellos ojos que se ocultan
tras las amargas lágrimas
de un desengaño…”

Descubres la tristeza de un camino en soledad. Sientes que alguien te llama, premioso, irresistible. Queda atrás la belleza de un paisaje, el recuerdo de un momento feliz. También el hombre, su entorno, sus monumentos, su ironía, su desolación…
     Proseguir, proseguir, es tu firme obsesión. Discurrir pausado, tranquilo pero sin pausa. Discurrir buscando el fin, el momento, el supremo instante, la razón de tu existencia, tu propia y real intimidad. Se podría decir que anhelas la muerte.

“Almoraima, sueño del Guadalquivir.
La muerte es solo otro bello recuerdo,
Una palabra en las alas de viento.”

     Ya presientes el fin. Llega hasta ti el lejano rumor de las olas. Tus entrañas se conmueven. No, no es miedo lo que sientes. No te asusta lo irremediable. Es una extraña mezcla de serena inquietud, de inmensa melancolía. El tiempo parece detenerse. También tú, remanso, paz; infinita paz. El aire huele a marismas y sal. El mar está cerca. Sanlucar lo contempla. Sabes que has llegado, que todo se consuma, que el tiempo ha dejado de existir. Un último recuerdo asalta tu memoria. Un definitivo sentimiento: Amor…

“Almoraima, Almoraima…
Un dulce sueño me embarga,
va adormeciendo mis penas,
embriagando mis sentidos,
amamantando mi espera.
Otra vez, Almoraima,
la más bella entre las bellas,
otra vez beso tus pies
desnudos sobre la arena.
Otra vez sueño contigo
cuando mi muerte está cerca,
cuando las olas me atraen
sin que pueda detenerlas.
Valió la pena ser río
enamorado y poeta;
valió la pena ser río
y dejar mi vida entera
derramada entre las tierras
de Cazorla a Barrameda…”

    

Y así, mecido por la fresca brisa del mar, tus aguas se funden ceremoniosas con las olas y alcanzas, definitivamente, el hito de la inmortalidad.
     Atardece. Anda el sol en busca de su ocaso tras los lejanos caminos del horizonte y el crepúsculo se viste de una espléndida sinfonía de colores. Las dulces aguas del Guadalquivir se vierten en el mar y llega hasta mí el rumor de las olas. En verdad parece que contaran historias de enamorados…

© Luís Narbona Niza, octubre de 2008

viernes, 23 de octubre de 2009

Sombría


Sombría me hallo, mustia, inhabitada,

de tantas trashumancias en amores,

de tanta desazón, desazonada,

de tantos infortunios y rencores.


Amando , sin pasión, apasionada,

trémula como el viento entre las flores,

henchida por dolor, enajenada,

de tanto enardecer viejos amores.


Amores sin concierto y desconcierto,

giróvaga por ellos y su esencia,

exaltando momentos sin acierto,


agravios que me llegan sin conciencia,

mi vida hecha pedazos con injertos

de tantas y tantas transigencias.


© Koki, octubre de 2009


jueves, 8 de octubre de 2009

El último sendero


Para sacarle punta
al lápiz del sentimiento,
hice una parada justa
en aquel recodo,
donde por su silbo,
más se hace notar el viento.

En una limpia y rústica piedra,
cansado ya del camino
que lleva al último huerto,
quedaron aposentados
mis pequeños y dolidos huesos.

Allí, donde arrancan cuatro senderos.

El más serpenteante
se adentraba en los helechos.
Otro, escarpado y entre nieblas,
confundíase con el cielo.

Por mi espalda, el tercero,
moría junto a las rocas
del cerro de los canteros.

¿Y el último?
¡Ay el último!

Aquel que de niño
siempre tenía misterio
y parecía tan lejos...
Termina ahí mismo
tras el recodo, ¿lo veis?

¡Se adentra en el cementerio!


(c) Federico Serradilla Spínola, marzo de 1992
de su libro "Travesía de sueños imposibles"

miércoles, 17 de junio de 2009

Meditación


Es cierto; estoy convencido. Se que desde que se inventó el primer reloj o el primer artilugio de medir el tiempo, los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses y los años, siempre son iguales...Mas ahora, a mi me parece que los segundos avanzan veloces, los minutos trepidantes, las horas muy rápidas, los días muy ligeros, los meses a prisa y los años... a mi se me presentan todos los cuatro de septiembre; ¡de sopetón!. Ahora me parece que envejezco demasiado rápido, aunque la medida del tiempo sea la misma. No obstante, he de agradecer al Omnipotente que gobierna esta nave, que aún me mantenga por aquí, no se si para bien o para mal, pero, se han marchado ya tantas personas buenas, que estaban dentro de esta ya peligrosa década de los setenta...
Tengo fuerzas para vivir y renovadas ilusiones: Leer, escribir, pintar, interpretar un personaje en el Teatro, asistir a una buena tertulia... Sin embargo, soy consciente de que está más próximo que nunca el final. Y digo renovadas ilusiones, porque soy fuerte espiritualmente e intento comprender, a pesar de lo difícil, el mundo inmediato que me rodea. En este apartado no ha habido suerte. En salud ¡toda! pero, precisamente, cuando se tiene salud es cuando mejor pueden desarrollarse las vivencias y, sin embargo, en un gran porcentaje carezco de ellas, hay excepciones y los que componen esta excepción ya lo saben. Quiero decir por parte de los que me rodean, pues lo que es yo, sigo en mi intento de desarrollar toda clase de vivencias. Primero con mi mundo más inmediato, la familia, para seguir aplicándolas a todo ser viviente que se me acerca o permite mi acercamiento. No obstante y cómo es natural, tengo mis serias dudas sobre si el responsable de mi mala suerte sea tal vez yo.
Ahora bebo de mis sentimientos, estoy llorando muy despacio porque las lágrimas me llegan desde muy lejos, como cansadas. Y, cómo no es posible vivir sin ALMA, ese maravilloso don congénito o celestial te juega unas pasadas... Cuantas veces me he preguntado, ¿para qué quiero el alma? Pero enseguida me arrepiento, porque vivir sin alma tiene que ser horrible. Gracias al alma, saboreo mis sentimientos y profeso AMOR y observo cómo avanza la luz del amanecer, cómo se transforman los colores, las plantas, los animales, la atmósfera, el clima. Cómo, en la nueva alborada, aún sigue todo quieto, inerte, mas tan pronto despunta el astro rey, comienza una tenue brisa que te cala hasta los huesos, y todo, como ya apunto, empieza a transformarse. Así responde la sabia Naturaleza a todos los que, a través del ALMA, creemos en ella.

© Federico Serradilla, junio de 2009

sábado, 6 de junio de 2009

La caña

-“Doh l´eruo”- me pidió la gitana con desdén-“cójela usté”- me espetó señalando con su aceitunado y afilado dedo un cubo de latón lleno de cañas.
Era miércoles de feria. Cientos de carruajes desfilaban por el adoquinado en fila india y en ambos sentidos de Pascual Márquez. El olor a desinfectante mezclado con el de los excrementos de los caballos embadurnaba el caluroso mediodía de abril. La feria estaba a reventar de gente. El albero se levantaba de las aceras sobre nuestras cabezas al paso de la apresurada multitud como una amarillenta calima. Las casetas lucían sus rayas rojas, verdes, azules, farolillos, guirnaldas, cadenetas… Los colores de los trajes de flamenca, volantes y encajes revoloteaban por ellas y repiqueteaban palmas al compás de sevillanas. De las ajetreadas cocinas, el crepitante y avinagrado olor a “pescaito” frito, emanaba delicioso, humedeciendo nuestras bocas.
Me incliné hacia el cubo y comencé a examinar las cañas, cosa que no agradó mucho a la desconfiada vendedora. Me miraba como si escondiese algo y temiese que yo lo descubriera. Las había graves y agudas, las primeras más gruesas y un poco más largas, y las segundas más finitas y cortas. Estaban cerradas por las puntas con tres tiras de cinta aislante, dos verdes y una blanca, formando la bandera de Andalucía. Agarré una de las agudas.
Era la más larga de las de su clase y no tenía ninguna grieta. La miré de arriba a abajo deteniéndome en las tres bandas de cinta que aún la cerraban.


-“Hay c´abrila”- me dijo impaciente la mujer- “dame usté”.
La gitana sacó una navaja con las cachas de madera del bolsillo del delantal. Aún no estaba convencido de que aquella fuera mi elección. Sin embargo, viendo que la mujer se mostraba nerviosa, le di los dos euros y la caña para que le rajara el extremo cerrado. Le introdujo la navaja por un hueco y con un diestro y certero tajo cortó la cinta. La sacudió dos veces sobre su mano izquierda para comprobar su sonido y me la dio.
Aquella tarde en la feria pasó sin pena ni gloria para la caña. Solamente la hice sonar unas cuantas veces en casetas con tanto ruido que apenas pudo escucharse. Se pasó las horas enfundada en el bolsillo trasero de mi vaquero.
Después de rodar por el maletero del coche durante casi dos meses, el domingo pasado en la romería llegó su momento. La saqué a ese tibio y festivo Sol de últimos de mayo en Alanís. A la sombra centenaria del encinar que cruza el cordel de Los Carros, en medio de la luminosa paleta de colores con que la primavera pinta a la dehesa de San Pedro: lilas, amarillos, rojos, blancos, todos los tonos del verde bajo un cielo celeste claro salpicado de inmensos cúmulos de algodón. Se la presté a la hija de unos amigos que se paseaba en un carruaje con unas amigas, vestidas de corto, unas y de flamenca, otras.


- Déjame la caña, Leo- me dijo.
- Vale, pero no me la rompas, Claudia -le advertí- que me tiene que durar todo el día.
Los gélidos botellines de cerveza, los rebujitos, los platos de carne a la brasa, el queso, los pinchos y demás exquisiteces, acompañados de amistad y risas, hicieron que me olvidara de ella. Sin embargo, a eso de las ocho de la tarde, mientras en la radio contaban como el Betis descendía otra vez a segunda división, apareció el carruaje. Al levantar el trasero para apearse una de las pocas muchachas que quedaban subidas, quedó al descubierto la caña sobre el asiento. Rápidamente fui a por ella. Estaba aparentemente entera, pero al hacerla repicar, noté que la habían cascado.
El rebujito comenzaba a dejarse notar en el ánimo de la gente. Poco a poco la manzanilla y la cerveza nos liberaba de miedos y vergüenzas. Desde la encina de al lado llegaba el soniquete de un flautín a ritmo de caja y tamboril. Se escuchaban palmas y cantes junto a dos coches que hacían de recostadero. El Sol ya andaba limpiando las herramientas. No lo dudé ni un momento. Cogí mi caña y mi sombrero de paja y me uní a aquel grupo de paisanos. Unos pocos tercios de fandangos, muchas sevillanas a medio terminar y algunas rumbas aguantó la caña, un poco ahuecada pero con fuerza a pesar de sus heridas. El tiempo volaba alrededor, pero allí, en aquella reunión de cantes y copas, como dijo un pregonero “no se miraba ni un reloj”. En aquel suelo de pastos y hojas secas, de guijarros y polvareda compartimos vino, comida, risas y mucho, mucho arte. Todas las coplas sonaban bien. Allí no había Mairenas, ni Palis, ni Camarones… Éramos empleados, panaderos, bomberos, albañiles, jornaleros, herreros, carpinteros, cazadores, furtivos, pescadores, de izquierdas, de derechas, altos, bajos, con y sin dinero y al final de cada copla el “olé” te saltaba desde adentro. Unas te hacían reír, otras rezar, querer, llorar… Y sentir, sobre todo sentir. Sentir que somos hijos de una misma tierra y de un mismo pueblo y aunque cada uno después se haya buscado las habichuelas por donde ha podido, en él hemos nacido y nos hemos criado. Y es que si el pueblo siempre va en tu corazón, siempre, por mucho que tardes en volver, siempre estará ahí para abrazarte.
-“Doh l´eruo”- me pidió la gitana por aquella caña, y yo se los di con gusto, porque cuando se los di, aunque mis pies pisaban el albero de Sevilla en abril, yo en mi cabeza ya pisaba pasto y hojas de encina secas y escuchaba fandangos, una caja y un tamboril. Aquello era la Feria de Abril, pero mi corazón latía ya en mayo, en mi romería, latía en Alanís.

sábado, 30 de mayo de 2009

Cuando yo era un “trotamundos”, un buen día, afanado en ambulantes ventas, viajando por la vega de Carmona me acercaba hacia Sevilla. La tarde estaba vencida y un sol de recogida daba pinceladas rojas sobre los tejados viejos de las casonas labriegas. A lo lejos, sobre los ondulados alcores como montando a caballo, veíase un Castillo derruido, unas casas blancas y una torre vieja. El cielo estaba muy limpio, por tanto, presentaba un azul luminoso. Aroma intenso de azahar se palpaba en el ambiente. Aquella visión lejana, como una Estrella de Oriente, relumbraba entre los naranjos. Castillo, torre, casas y frutales componían un paisaje de filigrana. Yo, ante esta visión, al pie de aquella carretera pobre y vieja, me había convertido en un soñador de historias. Allí, sólo se respiraba naturaleza.
Al avanzar lentamente, en el primer recodo, veo venir, a lomos de su borrico cansino de la jornada, a un enjuto y viejo labrador, al que a mí me parecía rodear un halo extraño, tal es que, yo sin saber por qué, quedé parado. Muy quedo, como un susurro de aguas, al aire puro lanzaba un cante de yunque y fragua. Al cruzarse conmigo, me espetó muy serio mas con gestos de bondad: “Que Dios te guarde chaval”. “Buenas tardes señor” le contesté muy formal. Quedó parado de pronto, quizás extrañado al fijarse en mi vieja y destartalada moto (marca Lube que había comprado de segunda mano a Manuel Alvarez “el grifo) cargada de tantos y diversos cachivaches que yo transportaba para su venta. Se apeó del viejo asno y de un saco blanco de lona, sacó una hermosa naranja que, ofreciéndome gustoso con palabras sentenciosas, como el que cuenta una hazaña, de esta forma se expresó: “Toma muchacho y prueba. ¡Son las mejores de España!. Mi extrañeza seguía en aumento y, mientras yo degustaba tan exquisito manjar, el labriego de mi historia se puso de pronto a gritar. Hablaba con un hortelano, al parecer amigo por lo que pude observar. Cuando silenció, le pregunté con cierta timidez: ”Buen hombre, cuanto veo en lontananza, allí, donde las casitas blancas que parecen dibujadas, con su castillo y su torre ¿cómo se llama?. Irguiendo su encorvado cuerpo, dado su avanzada edad y tal vez por tanto usar el azadón en las acequias de su huerta, señalando con el índice de su mano derecha, cual la estatua de Colón en la Ría de Huelva, orgulloso y placentero con buen tono me contesta:

“Ese conjunto que ves,
de rubíes y perlas blancas,
es un regalo del cielo
que todos sus habitantes
cuidamos con mucho celo.
En profundo la sentimos.
Villa de casta y solera,
que provoca nuestro mimo
como bella primavera.
¿Quieres saber su nombre?
Te lo diré con amor.
Esa perla lleva el nombre
de ¡MAIRENA DEL ALCOR!

Quedé prendado del todo con tan misterioso “personaje sobre jumento”. Tras mostrarme agradecido, una vez que arreó a su bestia, me despedí con un adiós profundo.
Transcurrida una media hora, a este hermoso pueblo llegué. A la primera persona que me encontré, fue a un cartero cumpliendo su cometido. Cómo al saludarle, observé que era agradable y simpático, me apresuré a comentarle el extraño encuentro que acababa de tener en la carretera de La Vega... ”Si, si, era un hombre muy amable y hasta cultura parecía tener... ¿Vestido de labriego, a un viejo burro subido, con los ojos luminosos, como de un extraño ser?. Me pregunta mi interlocutor. Moviendo la cabeza le contesto con un ¡Sí! terminante. ¡Ah!, ¡Hombre! ¡Está claro! me espeta muy convencido: “Ese es Don Luis, el poeta, como es conocido en el pueblo. Fue profesor de Literatura en la Universidad de Sevilla, cuando La República. Al estallar “EL Movimiento” se refugió aquí, en Mairena. Se compró una pequeña huerta que ya no quiso abandonar nunca y, por las noches, daba clases gratuitas a todos los niños pobres del lugar, que entonces eran muchos, si mostraban interés por aprender o que le enviaban los padres. Y aún sigue haciéndolo. Por eso es muy querido en el Pueblo

Ya pensaba yo... que este aparente pobre labriego tenía un halo de misterio... ¡ Y tanto!

Corrían los años cincuenta.

“El aprendiz de Barbero”

martes, 19 de mayo de 2009

Hacía una buena tarde

Pintura de Palomo Reina

Hacía una buena tarde, por ello, prolongué una hora más mi sesión de pintura a la orilla del río. Precisamente y cuando recogía los bártulos, se acercaron unas muchachas alegres y dicharacheras, también de vuelta para casa. Quizás vendrían de pasear en las barquitas de pedales, no lo sé. Una de ellas, la más atrevida me pregunta...:

- ¿Eso lo ha pintado usted?

- Sí- le respondo.

-¡Qué bonito!- dijo otra de las chicas.

Y así se inició, en forma de corro, sobre mi persona, una muy agradable tertulia entre “un mayor” y unas adolescentes encantadoras. Según contestaron a mis preguntas, tendrían entre los doce y los catorce años. ¡Dios mío, que edad tan maravillosa! Eran amigas entre sí y casi todas compartían colegio.

La edad es la edad. Los niños, decimos todos, que saben mucho ahora. Es posible, dados los adelantos, que así sea, pero estas niñas tenían, dentro de su inteligencia y “su saber” de hoy, esa pura y fresca inocencia de los doce años. Su rubor, su candor, su timidez o su espontaneidad, era exactamente igual que las niñas de hace cuarenta o cincuenta años. Después de hacerles unas breves observaciones, con todo mi corazón, gané su confianza y se formó una tertulia, tan peculiar como poco frecuente. Los mayores hemos perdido la paciencia con los jóvenes por lo que, difícilmente, se establece un coloquio tan apasionante como el de ayer a orillas del milenario Guadalquivir. Apasionante, sí, porque la sinceridad y la ilusión son sólo patrimonio de los niños y de aquel mayor que esté dispuesto a provocar una tertulia, tan espontánea como rica en humanidades. Hablamos de sus padres, del colegio, de los compañeros, de la gente, e incluso, alguna de ellas, de su incipiente enamoramiento de algún chaval de más o menos su edad. Aunque hubo una que, tras ponerse “colorada”, dijo que le gustaba un vecino suyo que tendría unos veinticinco años. Yo, tras mis sesenta años de acumular experiencias, disfruté de lo lindo
aconsejándoles sobre un repertorio bastante variado.

Anochecía y algunas de las chicas tenían ya temor por la hora de regresar a su casa. A mí se me había ido una hora, como podrían haber sido cinco, sin darme cuenta. Por fin nos despedimos todos. Espontáneamente, me besaron cariñosas y muy respetuosas a la vez. Y, hasta hubo una que, muy tímidamente, me agradeció la “extensión bondadosa”, por mi parte, del conciliábulo.

Definitivamente recogí los bártulos y avancé por la rampa, que lleva al aparcamiento, muy lentamente e inundado de un halo luminoso de paz y bienestar.

Este inopinado encuentro, me hizo ver y sentir que la adolescencia, pese a los tiempos peligrosos que corren, sigue siendo un derroche de sinceridad y una fuente inagotable de ilusiones. Bendito sea Dios que aún me deja saborear la transportación a las mieles de aquella mi feliz juventud, a pesar también de los tiempos miserables de posguerra que corrían.

Como ya dijo alguien, antes que yo; LA HISTORIA SE REPITE.


© Federico Serradilla Spínola, Mayo, 2009.

domingo, 19 de abril de 2009

Esparraguitis

Ya enero y febrero dejaron fundir sus hielos por las humedades de marzo. Un breve y gélido paréntesis, como cada año en Semana Santa y vuelve con abril la "esparraguitis". Es como una epidemia de gripe, pero en primavera.
Vuelve todos los años a la par que la rinitis alérgica y los estornudos; a la par que el lagrimeo sin penas de los amaneceres de polen; a la par que los colores y la luz a la Sierra Norte.
La gente, como dice mi buen amigo canario Luis "El Popita", se bota al campo. Hay más gente por los cerros que en los años de la posguerra. Vas por cualquier vereda y saludas más que paseando por la calle Bancos. Todos con su manojito y su navajita. Algunos con el cuchillo ese del juego de cocina que le tocó en la tómbola de las cartas, de filo de latón mellado que se dobla con un pajote, que parece acero inoxidable y tiene el mango de plástico de color "martillito de feria". Las manos, como las sienes de Cristo, que por coger un esparrago hay que entregar hasta la vida, si es menester. Las uñas "renegrías" de escarbar para sacar más largo, el que más largo no es porque no ha tenido tiempo de ser más largo.Y es que la fiebre que da esta gripe, hace que broten en la especie humana sus instintos más animales.
No hay placer como el que produce descubrir a lo lejos un espárrago del grosor de una barrita de labios de las caras, o de un palote de fresa, sobresaliendo por encima de una chaparrera, con la cabeza ligeramente inclinada. Luego, acercarse a tropezones sin apartar la vista de él, como si se fuera a escapar, o peor aún, como si nos lo fueran a quitar. Llegar y ver que esta verde, fresco como una lechuga, sin espigar, deleitarse tocándolo, midiéndolo y buscando el mejor sitio para el corte, para que se vea en el manojo, cosa imposible..., lo grande que era en el campo.
Igualmente, no hay berrinche más berrinche que el que agarra un esparraguero, cuando después de descubrir, tocar, medir y cortar tan jugoso ejemplar, lo descabeza al sacarlo de la mata:
-"¡¡Cago en to lo que se menea...!!" -. Y esto es lo más suave que lanzamos al aire entre nuestros apretados dientes.
También hay algunos contagiados de larga duración o crónicos sin tratamiento. Son los que llevan un ovillo de cuerda para atar el, o los manojos, cuando ya no le caben en las manos. Provistos de una navaja, ya sea Opinel o Teodomiro, de Albacete o Don Benito, afilada hasta el punto de que corta un papel de fumar flotando en el aire.
Salen a buscarlos con el sol. Desaparecen del pueblo ellos solos. Nadie sabe donde andan. Sólo se nota que no estaban cuando aparecen al medio día. Andan como burros cargados entre el montarral con un zurrón lleno de espárragos del que, para poder meterlos, sacaron el bocadillo y se lo comieron sin ganas; y como siguen y siguen, de espárrago en espárrago, pateando cerros y llanos, olivares y dehesas, terminan por sacar hasta el agua de beber, y si tienen sed beben en los regajos. Luego llegan al pueblo, de barro hasta las orejas, llenos de pinchos, de pajotes y de hojas, y se dan un paseo por la Plazoleta enseñando su trofeo. Como tiraron el agua, en lo que respiran tres veces, se mandan dos cervezas sin aperitivo y a la pregunta de cualquiera que los vea:

-¡Vaya manojo!, ¿dónde lo has cogido?-, te espetan sin enseñarte los ojos:

- en el campo, ahí mismo..., en un ratillo....
(c) Leopoldo F. Espínola Guzmán, abril de 2009


domingo, 1 de marzo de 2009

Para una reflexión

A mis setenta años, en un trabajo-exámen, sobre varios filósofos de la Época Moderna, en el curso primero de Filosofía, terminé con el siguiente epílogo:

Primero por falta de uso de la razón -niño-. Después por la ignorancia de la adolescencia. Más tarde, mezclado ya con una sociedad egoísta, falta de escrúpulos y con poca atención a los valores humanos y, por ende, a los de la Naturaleza (Divina Providencia) sólo pensaba en "los míos" -mí familia- y en mi. Quería triunfar en lo económico, para así "tenerlo todo". ¡Cuán ignorante me comporté durante tantos años!
Por fin, se despertó aquel adolescente, soñador, romántico y justiciero (triunfo del bien sobre el mal) y, por encima de todo, el muchacho ávido de saber, a través de las enseñanzas sobre Arte y Humanidades. "Lo tiré todo por la borda y salté de ese barco maldito que navegaba por las aguas turbias de un mundo confundido"
Ahora me encuentro en ese remanso de paz y felicidad hasta donde los humanos y las circunstancias me permiten. Por tanto, creo que lo que hice, fue ENCONTRARME CONMIGO
MISMO. Y, hasta ese momento no empecé a conocerme. Batalla en la que aún ando inmerso, pero, cada día, consigo conocerme más y padecer menos. Aunque, como dice mi profesor, R.Donís: "Nunca se aprende a decir NO de forma concreta".
Por último, y, como aconseja Spinoza: "Cada vez tengo más aptitud, para muchas cosas, al objeto de conseguir que esa mayor parte de mi alma sea eterna". Sin olvidar lo que afirma Pomponazzi: "El milagro es que alguien crea que existe el milagro". O lo que asevera Descartes: "Todo lo que existe no es real, sino producto de la imaginación".
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Y salió este poema:

VIVIR

Explosiona el ímpetu arrollador.
Quieres quemarlo todo
porque todo te quema.
Te paras, meditas pacientemente
Y, radicalmente, cambian tus sensaciones.
Vuelves tus pasos a la Naturaleza virgen.
Quieres, sobre todo, VIVIR.
Sin arrollar, pasar por encima de todo.
O por debajo. Es igual.
Lo más importante es VIVIR
y seguir haciéndolo con la misma dignidad.
La vida, si observas sus cosas puras,
aunque queden pocas,
¡bien merece la pena!
No obstante, cuando llegue "el último tren",
hay que esperarlo al pie del andén
pacíficamente, sin miedos y,
"sin ninguna clase de equipaje"

Sevilla, 17 de Junio de 2oo1
F. Serradilla Spínola.

domingo, 22 de febrero de 2009

Recordando a GOYA

Mueren las brujas malditas,
sobre los tejados grises
de casas inexistentes,
rebotan las campanadas
de un reloj triste y silente.
Una vieja, casi roca,
en su silencio mortal,
calle abajo, ve pasar,
de los infiernos, las almas,
que allí quemándose están.
Y cuando suenan las doce
en la torre del lugar,
lagartos gigantes danzan
provocando el aquelarre
de todo bicho mortal.
A la venida del día,
sangrando en la plaza están,
los curas, las plañideras,
el boticario y la bestia,
y allá en la alta pradera
el viento pulula triste
cuando se acaba la fiesta.
(c) Federico Serradilla Spínola
Gines, Julio 91.