jueves, 24 de diciembre de 2009

Relato de Navidad en Alanís (hace mucho tiempo)

Hacía mucho frío y un vientecillo del Norte “que pelaba”. El párroco, con paso firme y muy ligero, currucado en su sotana y con la bufanda tapado hasta la boca, atravesaba la plaza. Se dirigía a la Iglesia para preparar y adornar el altar. En unas horas, se celebraría la Misa del Gallo. Al llegar a la puerta se encontró a una ancianita que, “arrebujada” en una raída manta apretaba a tres pequeñines, intentando guarecerlos de tan intenso frío. No eran del pueblo. El párroco jamás los había visto. ¡Hola señora! ¿Qué hace usted aquí y con estas pobres criaturas?... Verá usted Padre, íbamos por la carretera, nadie nos subía a su coche y como ya se hacía de noche, decidí que la pasaríamos aquí, hasta emprender de nuevo el camino. El cura les invitó a pasar dentro de la iglesia y les proporcionó calor y alimentos. Para la misa, a la anciana la vistió de pastora  y a los niños de pastorcillo, los colocó en el altar y les rogó que no se movieran. Lo hicieron tan bien que, los feligreses, llegaron a creer que eran figuras de cera construidas a tamaño natural. El Párroco en la puerta, despedía a todos los asistentes que, muy emocionados, le felicitaban por aquél logro.“Parece como un milagro” agregaban. Tras cerrar la puerta, el clérigo se dirigió al altar con el fin de aposentar a la anciana y sus pequeñines en la Sacristía. Allí no había nadie. Buscó por todos los rincones de la Iglesia y, ¡nada!
¡Habían desaparecido! Este buen cura no hacía más que meditar... Pues tendré que pensar como mis feligreses; ESTO HA SIDO UN MILAGRO.

© Federico Serradilla, Diciembre 2009

lunes, 21 de diciembre de 2009

El Gordo cae en Alanís


Sonaba nervioso el teléfono. Fui a la mesa y lo cogí. Dígame -contesté-
- ¡Que nos ha tocado la lotería, Antonio! Me dijo con voz medio quebrada mi cuñada Mari
- Pero….. ¿Cómo es eso? Cuéntame.
- Que ha tocado el gordo de la lotería en el pueblo, en la Hermandad de Nuestro Padre Jesús.
- ¿A quién más le ha tocado?
- Le ha tocado a medio pueblo. El premio está muy repartido.
- ¿Y cuanto nos ha tocado?
- Veinte millones para cada uno ¿Qué te parece?

Sentí como se me aceleraba el corazón y una especie de asfixia recorrió todo mi cuerpo. No pudiendo aguantar más ese estado de ansiedad, bruscamente me desperté. Entonces sentí una sensación de coraje, no sé, si porque todo había sido un sueño o tal vez porque yo no llevaba ninguna participación de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de Alanís.

© Antonio Pérez, diciembre de 2009

jueves, 17 de diciembre de 2009

El largo viaje de la Navidad

Llega la Navidad. Un año más nos anuncia el Adviento la venida de esta entrañable amiga que pasa por nuestros hogares dejando un sabor agridulce; y que, casi sin quererlo, nos ablanda el corazón para marcharse después sin dejar huella en su camino.

La Navidad, eterna viajera por el tiempo, aparece de nuevo ante nosotros, con su maleta repleta de contrastes. Turrones, luces de colores, villancicos contrastan con la melancolía y la nostalgia; y miles de deseos de amor y paz van quedando prendidos cada año en el aire navideño.

Esta visitante amiga no llega de la misma manera, aunque sí al mismo tiempo, a todo el mundo. Mientras en nuestra tierra la recibimos con la llegada de las primeras heladas invernales, en la otra parte del mundo son las calores estivales quienes le dan la bienvenida.

Santa Klaus y los Reyes Magos, luchan en dura competencia por llevar la ilusión a los más pequeños. Mientras el primero sigue colándose por las chimeneas en la mayor parte de los países europeos y americanos, los Magos de Oriente nos visitan en la noche mágica del cinco de enero a todos los españoles. Aunque poco a poco es el viejo del trineo quien va ganando terreno, adelantando esa magia a la noche de Nochebuena.

Mientras “suenan con alegría los cánticos de la tierra” en la Navidad del glamour, del derroche, de la diversión y la unión familiar; permanecen en silencio los corazones de aquella otra Navidad vestida con el crespón negro de la ausencia. Una Navidad sin colores ni sabores, donde solo queda espacio para la nostalgia y la soledad.

Un año más, nuestra eterna viajera del tiempo ha vuelto a hacer su maleta, recordando esos años donde en todos los hogares era bienvenida. Una lágrima recorre sus gélidas mejillas mientras avanza en el espacio y en el tiempo. Al llegar a la gran plaza de un pueblo se detiene ante el portal de Belén. Es sorprendente ver como sus figuras cobran vida. Mientras las aspas del molino giran sin parar, el agua del riachuelo corre entre montañas de corcho. No falta nada. El herrero, el pastor, el frutero; un espacio tan repleto de profesionales de la época, que casi no queda espacio para que el niño Jesús nazca entre pajas. Y la Navidad se detiene a contemplar como la gente entusiasmada se recrea ante tan magnífica obra de arte, sin que nadie se pare ante ella y se percate de su presencia. Se marcha desconsolada.

Sigue su marcha avanzando por una calle iluminada con luces de colores. Grandes escaparates donde las gentes se agolpan, en su ir y venir cargadas de regalos en una búsqueda incesante de algo nuevo que quizá solo exista en mentes saciadas. Ante ella, unos niños tocan la pandereta cantándole, y no se dan cuenta de que es la Navidad quien camina con ellos. Otra lágrima vuelve a dar calor a sus mejillas. Ahora se para ante una ventana adornada con luces que se encienden y se apagan. Un gran árbol de Navidad se divisa a través de los cristales. Allí conviven la alegría y el bienestar en una mesa repleta de lujos y manjares. Se da cuenta de que tampoco hay sitio para ella. Apenas le quedan lágrimas, las ha ido derramando todas en su camino. Será hora de volver sin que nadie se haya percatado de su llegada. ¿Habrá muerto la verdadera Navidad?

Inicia su camino de vuelta, ya no le quedan fuerzas, ni deseos, ni sueños en su maleta. En su triste retorno, avanza por largas calles vacías y oscuras. A lo lejos escucha el estallido de cañones de ese mundo sumido en el horror de la guerra. Allí no hay luces de colores, ni grandes escaparates. Nadie disfruta de manjares, ni se felicita por las calles. Solo el horror y la miseria se reflejan en los restos de los hogares destruidos y en las lágrimas de los supervivientes. Hombres que mueren injustamente, mujeres solas y maltratadas por el horror, niños que lloran de hambre. Ahora la Navidad sí ha encontrado su verdadero camino y vuelve a derramar sus últimas lágrimas. Abre su maleta cargada de sueños y los reparte. Quizá no sean suficientes, pero al mezclar sus lágrimas con toda esta gente ha conseguido tornar sus labios en sonrisa.

Antes de marcharse ha pedido su último deseo: iguales Navidades para todos el próximo año, aunque sabe a ciencia cierta que va a quedar prendido, como siempre en el aire del Adviento, ahora si tiene un motivo para volver. Aquí en este mundo perdido que grita sin que nadie lo escuche, ella ha encontrado su lugar y es aquí donde hoy ha florecido la verdadera Navidad.

© C. Sánchez, diciembre de 2009

domingo, 13 de diciembre de 2009

Microrrelatos navideños

Los microrrelatos son una forma de contar historias con pocas palabras, ideales por su extensión para los tiempos que corren, tanto para el que los escribe, como para el que los lee. A continuación os dejo un par de microhistorias que se me han ocurrido con la cercanía de la Navidad:

Visita Navideña

Me pareció que llamaban a la puerta:
-¿Quién es?
No contestó nadie.
-¡Marchaos!-grité, pero ya habían entrado.
Pasaron otra Navidad conmigo, en silencio.


Obesidad Navideña

Por las ventanas caían décimos de lotería rotos.
Había hogueras en las calles alimentadas con rifas
hartangas y participaciones para el sorteo del día veintidós.
Se corrió la noticia de que al Gordo de Navidad,
con esto de la crisis, le acababan de dar el alta
del hospital en el que lo operaron.
Le habían reducido el estómago.

Si se te ha ocurrido alguna, ¿a qué esperas para publicarla en ALAS?
Envíamela a alasdealanis@gmail.com, o déjala más abajo en "comentarios".

Felices Fiestas

Leopoldo Espínola, diciembre de 2009


viernes, 4 de diciembre de 2009

El árbol triste



Sombrío el árbol, pálido, desnudo
por fría escarcha, por delgado viento,
por fina lluvia que lo cala mudo,
por nieve nácar que lo hiela lento.


El árbol mustio por invierno crudo
se siente solo, de amistad sediento,
llora por sus hojas, febril, menudo,
tan sólo él tiene el aire y su aliento.


Medroso asoma pardo pajarillo
y el árbol respira, un techo de cielo,
paredes de savia, alfombra de cieno.


¡Qué gran morada a seco estribillo!
Contento al árbol se le acabó el duelo,
chisporretea su corazón pleno.

© Koki, diciembre de 2009

miércoles, 2 de diciembre de 2009

A una mujer niña (Recordando a Benedetti)

Me alegra cuando vibras
y cuando sabes lo que haces.
Me alegra verte soñar
en tu propia realidad.
Me alegra cuando arriesgas por tus sueños,
con ese justo proceder.

Y cuando regalándome sonrisas,
me ofreces tus manos generosas
con ese tacto tan tuyo.

Me alegra y me contagia tu energía,
y que aún juegues a ser niña.

Tu lucha ante la adversidad
y tus internas reflexiones.

Me gusta tu oportuna presencia
y que juegues en paralelo
con la cabeza y el corazón.

Me gusta tu humildad y tu fe,
tu esperanza y tu agradecimiento.

Me gusta tu amor para con los demás,
tu alegre y sencilla humildad,
que ganes, sabiendo perder
y que andes, sabiendo caer.

© Federico Serradilla Spínola, octubre, 2009.  

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El viejo olivo



 Un viejo olivo de un rincón sombrío
acunaba óleo prado macilento,
de madurado fruto polvoriento
maldecíalo un corazón impío...

Triste penar, penar desierto el mío,
rumiaba el campesino al pardo viento,
sólo hallo aquí tristeza y descontento
y los huesos cansados por el frío.

El olivo le contestó afligido...,
mis hojas a tu frente le han besado,
y más muerto que vivo yo he seguido 

derramando mi fruto ensangrentado;
mis ramas a porrazos has herido,
mas de ti, yo jamás he renegado.


© Koki, noviembre de 2009


lunes, 23 de noviembre de 2009

CÁRCEL

 
En aquel lugar sin mundo,
vacío de luz y eclipse de sueños,
Preñado de venenos e insomnios, 
desierto de bocas, de labios,  
de salivas y lluvias. 
Ausente de color alguno,  
inimaginable Sol, oscura nieve;  
sin nubes, ni heridas, ni sangre, 
enfermo de miles de infartos y  
de crueles enfermedades. 
Despojado de todo sabor, de todo fuego, 
de los recuerdos que nos robaron, 
de todo valor y todo lo que fue sincero. 
Sin puertas, ni ventanas, ni recodos,  
ni caminos, sin arena y sin piedras, 
ni olas, ni sal, ni destinos. 
En aquel lugar asesino, sin llantos, 
sin tormentas, sin palabras, ni sonrisas, 
sin estrellas,  sin espinas. 
En aquel lugar de secuestros,  
de encierros y condenas, 
de cementos y aceros podridos, 
se han quedado mis mejores años,  
mi alma y mi orgullo, mis siete vidas,  
mis principios, mis valores, mis motivos.

© José Manuel Muñoz, noviembre de 2009

viernes, 20 de noviembre de 2009

LA MUÑECA DE PORCELANA


Era el día de Reyes, y su Rey Mago favorito le había regalado una muñeca, de tez pálida y ojos redondos y negros como perlas de azabache; su pelo era castaño y rizado y tenía un traje de los de época, de color carmín y con puntillas por el cuello y por el bajo. ¡Estaba tan contenta con su muñeca! Salió corriendo a su cuarto y la apoyó sobre los almohadones de su cama.
No solía jugar con ella pero, de vez en cuando, sobre todo en los momentos más necesitados, la cogía, la abrazaba y así se llevaba un rato, hasta que sus pensamientos se volvían alegres y ya todo quedaba olvidado.
A los cuatro meses justos tuvo que mudarse de casa, de ciudad y hasta de comunidad. El día de la despedida envolvió su muñeca en un retal de raso blanco y luego la metió en una caja de zapatos con algodones por todos los lados, para que en ningún momento sufriera daño. Al llegar a su nueva casa la colocó en su cuarto, pero no en la cama sino encima de la peinadora, al lado de un retrato.
En su nuevo hogar era muy feliz, era la “reina de la casa” pero muy a menudo recordaba su antiguo cuarto y corría en busca de su muñeca para abrazarla y para que la ayudara a pasar ese mal rato como tantas otras veces hacía.
Se acercaba la Navidad y ocurrió algo tal vez inesperado: murió su madre. En el cementerio no fue capaz de llorar, no le salían las lágrimas, pero cuando llegó a su casa subió rápidamente las escaleras y sacó de su maleta la muñeca de porcelana, que estaba envuelta en el retal de raso blanco que usó aquel día de la mudanza, se aferró a ella y, de pronto, tuvo una visita: era su Rey Mago preferido; entró en la habitación y sin decir palabras, la abrazó fuertemente, con mucho cariño, y entonces le rompió el llanto. Entre las tinieblas de sus lágrimas vio reflejado su rostro en el espejo de su armario y la figura de un hombre mayor, con los hombros anchos pero caídos y el pelo muy blanco; entonces notó que la muñeca se le resbalaba de las manos y, al caer al suelo, se rompió su carita en mil pedazos, eso aumentó el caudal de su llanto, mas el hombre le levantó el rostro con una mano, la besó en la frente y le dijo: “No llores más mi niña, así es la vida, tienes que aceptarlo, aunque sólo tengas treinta y dos años”.

                                              
             © Yolanda Sánchez Pérez, noviembre 2009

sábado, 14 de noviembre de 2009

PIEDRA DE SANTIAGO



Tal que te contemplo, esbelta y somnolienta
Gastada, más señorial y admirable
Errante autóctona de mirada incansable
¿Quién en ti, dulce paz no experimenta?


Testigo de momentos, muda de palabras y sedienta
Sabedora de vidas, de guerras  insaciable
 A tu entorno, a tus pies todo fluye viable
Impávida, donde el amor se acrecienta


Sobre tu lomo gris ¿Quién no ha viajado?
A un mundo de quimera, donde la paz se engendra
¿a cuántos, dime amiga, has convidado?


Te trepan los recuerdos, no las plantas y yedra
Dime que se siente, dime lo que has pensado ,
Al ser historia viva, siendo tan solo piedra.

© Koki, noviembre 2008

jueves, 12 de noviembre de 2009

PALABRAS


Esta mañana me vinieron a decir “Arturo tienes que pegar un golpe en la mesa y escribir algo”. Y aquí me tenéis, sarna con gusto no pica, esperando a que las musas se apiaden de uno, tirado en el sofá e intentado provocar la inspiración, ¿será esto bueno? El autor se enfrenta  a su obra.
Para intentar inspirarme pongo un poco de música… Los puntos suspensivos significan que el autor está pensando, no lo interrumpan
¡Ya lo tengo! comenzaré por palabras llenas de poesía, ¿saben que creo que las palabras también tienen sentimientos y que hay veces que están ellas tristes o alegres, a veces les duele una tilde, que viene a ser nuestro dolor de cabeza, otras van acompañadas de invitados, ¿¿¿¿¡¡?????!!!!!!. En fin todo un mundo el del léxico, así que ahí sigo con lo de las palabras poéticas y escribo, ulularon las aves y revolotearon las hojas, ¿o era al revés? Bueno no tengo tiempo para pensarlo y sigo; acrisolado, apesadumbrado el almendro, quejoso de mi, eterno aliado del papel y la tinta. Esto no funciona, lo siento chicos, no me sale nada... El autor aquí llora por dentro y en silencio pero sin dejar de pensar. Ya saben, continuamente lo hacen tod@s… El autor se levanta y se sienta en el sillón con furia (Furia era un caballo).
Lunes 8 de Noviembre, 8 de la mañana. Me levanto de la cama, me visto, cojo la bicicleta y sin desayunar voy camino de Plaza de Armas para subirme a un autobús que me lleve hasta Castilleja del Campo; motivos de trabajo. Castilleja es un pueblo de unos 600 habitantes que está cerca de Sanlúcar la Mayor, donde tiene lugar esta historia. 
Me encuentro montado en el autobús cuando éste se detiene en un semáforo, por la ventanilla veo a un hombre de unos 30 años, alto, bien vestido, camisa de color verde claro y pantalones de pinza, pelo engominado y mirada (y esto fue lo que más me llamó la atención) perdida. Atentos a la palabra. Se dirige hacia la ventanilla del chófer y le pregunta con voz entrecortada por el autobús con destino a Benacazón. Yo lo miro y desde la lejanía veo que lleva un folio en la mano donde acierto a leer CURRICULUM. Esta es la palabra detonante de que mi mente empiece a divagar. Como os dije antes hay palabras que sienten por si solas y esta sentía, ya lo creo que sentía; crisis, desesperación, pérdida, desaliento, todo esto me evocaba CURRICULUM, asociada al gesto y a la forma de preguntar del hombre del semáforo.
Se encontraba perdido física y psicológicamente; al menos eso imaginé yo. En el momento en el que él preguntaba pensé que cuando estamos en lugares que no son los nuestros nos encontramos perdidos y se nos nota en la cara, en la forma de hablar con la gente, incluso en la forma de andar más encogidos, más guardados hacia adentro, como sin querer llamar mucho la atención. Como mi imaginación seguía desbocada me  lo figuré cogiendo por fin el autobús con destino a Benacazón. Llegaría a su casa, saludaría a su mujer, le daría un beso a su hijo y con un “otro más” se dirigiría a la habitación; ella lo seguiría hasta la puerta, se quedaría allí inmóvil, viendo como su marido se quitaba la camisa, el pantalón de pinzas y viendo cómo pensaba que la función había acabado por hoy. Es toda una función “disfrazarse” y prepararse un discurso para ir a buscar un trabajo de lo que sea, a cambio, casi, de lo que sea. En la tele, vemos a unos a los que detienen por corruptos, a otros a los que un barco ladrón a metido en un buen lío y a cada loco con su tema; y mientras todo eso pasa hay gente que todas las mañanas se disfraza, se prepara un discurso y se pierde buscando un mínimo de esperanza, ilusión, cambio, oportunidad … Y otras palabras que unir a CURRICULUM. Y mientras, yo aquí, esperando a que las mus@s y todos los astros del universo se conjuguen para que pueda escribir algo. ¿Una carilla está bien chicos…? El autor esboza una sonrisa…
                  
© Arturo Fernández Diéguez, noviembre de 2009

sábado, 7 de noviembre de 2009

¿Culpable por necesidad?


En septiembre, un hombre ha talado los tres hermosos olmos que rodeaban mi casa. Amenazaban ruina, al colarse, en su crecer y crecer, a través de los cimientos y he sentido en mi interior una sensación profunda de culpabilidad. ¡Eran tan hermosos y protectores de la canícula veraniega sobre mis tejados! Y ahora que ha llegado el otoño, echo de menos el pulular del viento a través de sus hojas y el balanceo de sus hermosas ramas que parecían saludarme en la mañana, tan pronto salía al jardín para hacer mis ejercicios para las cervicales, recetados médicamente.

 Hice que los troncos fueran cortados a rodajas y amontonadas uniformemente al pie del ventanal de la cocina. Desayuno con ellas todas las mañanas. Las observo y sigo sintiéndome culpable de haber roto sus vidas. Tan temido me siento que, cuando apriete el frío a punto de llegar, no sé si seré capaz de introducirlas en la chimenea donde desaparecerán sus preciosas vetas ondeantes, cubiertas de una corteza  grisácea de arabescos caprichosos. Desde ella y hasta el punto central,  corazón del tronco, hoy he contado sus años de existencia; justamente cuarenta y dos y se me ha roto el corazón en mil pedazos.  Con cuarenta y dos años murió, hace veinte, mi entrañable y querido hermano Paco, también talado por una terrible enfermedad. Esto me ha hecho pensar: ¿casualidad o  profecía? 

Cuando llegue el frío, no sé si encenderé la chimenea, tan agradable y de tan entrañables recuerdos de mi niñez en Alanís, o quizás opte por la calefacción eléctrica, que no te produce esa sensación tan agradable y evocadora de la chimenea. Lo que sí es cierto, que nunca ante un hecho aparentemente banal, me sentí tan culpable como con este, de arrancar la vida de cuajo a tres hermosos olmos, crecidos en la parcela de un amante de la Naturaleza.

© Federico Serradilla Spínola, octubre de 2009.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Silencio... y puro dolor.



Esos pájaros que ves
encima de tu cabeza
no están muertos, solo esperan.
Saben que quizas no escapes
de esa prisión sin rejas.

La primera bofetada
sonó tan cruel en el aire.
Pero tu en vez de gritar
y correr hacia la calle,
ocultaste tu dolor
con silencio y maquillaje.

Cometiste el gran error
de llegar a perdonarle
cuando llegó a ti sumiso
implorando tu perdón.
Proclamándose culpable
oculta la tirania
tras su máscara cobarde,
disfrazada la verdad
de frases dulces y amables.

Siguieron después mil noches
de dolor y de silencio.
Mientras te golpea, juras:
¡mañana haré la maleta!
Y el miedo es fuerte guardián
que del pelo te sujeta.

Se romperá tu silencio,
quizas una madrugada,
cuando ya tu cuerpo inerte
sea una foto de portada.
Y ya no podrás gritar,
Y ya no podrás correr,
por siempre estarás callada.

Jamás le podrás decir
al que pega a una mujer,
que cada vez que lo haga
piense en quién le dio el ser:
ella también fue culpable
de haber nacido mujer
y cometer el delito
de haberlo dejado nacer.

© Lola Franco, noviembre de 2009

miércoles, 4 de noviembre de 2009

LA SEÑORA




Pasaste por mi calle,
con tu guadaña,
nadie te vio,
no te esperaban.
Tus negros ropajes
aleteaban
al socaire del viento
que despertabas.
Andabas sin prisas
pero sin pausa,
seguros tus pasos,
nada dudabas.
Pasaste por mi calle,
no te esperaban.
Tu mirada ausente
nada expresaba,
ni un sentimiento,
ni una palabra.
Todo era frío
como la escarcha…
Llegaste a la puerta,
no hubo llamada,
entraste en silencio,
no te esperaban.
Sentada en la silla
alguien dudaba,
“¿Vienes por mi?
¡No te esperaba…¡”
Tus cuencas sin ojos
nada miraban,
un gélido aliento
te delataba.
No contestaste,
nada expresabas,
solo llegaste
con tu guadaña
cargada al hombro,
prieta en la espalda…
Y en un instante,
como si nada,
cortaste el hilo
que anuda el alma;
y un cuerpo frío
como la escarcha
quedó sentado,
robada el alma…
Después, el llanto,
desesperanza,
gritos que claman,
dudas que matan,
vida que muere,
alguien que acaba…
Pasaste por mi calle,
no te esperaban….

© Luis Narbona Niza, noviembre 2009

lunes, 2 de noviembre de 2009

CANTO DE INVIERNO




Foto: Leopoldo F. Espínola Guzmán

La tarde se escurre, fugaz entre los dedos.
Se escapa a borbotones por la ventana abierta.
En mi cuarto la soledad se disfraza de miedo.
En la tele dicen que vendrá la guerra

Y en la calle el tiempo impenitente
escribe desganado el borrador de la vida,
con la tinta sucia y gris del “como siempre”,
sobre el dorso de hojas muertas y furtivas.

Y yo sigo sin saber qué musa conjurar,
ni en qué rincón del alma he de buscar
para encontrar en esta tarde la poesía;

Y calmar este frío que emana desde dentro
de estas cuatro paredes donde intento
deslizar un verso en la prosa de los días.


        (c) José Antonio Millán, noviembre 2009

viernes, 30 de octubre de 2009

El día de Todos los Santos y el de los Difuntos (Vs. Halloween)



En agradecimiento a mi madre Palmira.

Diréis que qué significa ésta expresión. Para muchos jóvenes es posible que les suene a chino. A los mayores seguro que no. Es lógico, pues era una tradición de los que ejercíamos de monaguillos. Paso a relatar de forma breve en que consistía.
Cuando llegaba la segunda quincena de octubre, nos vestíamos de acólito y nos recorríamos el pueblo casa por casa. A la llamada de: "¿Se puede pasar?, venimos pidiendo los Santos para doblar los Difuntos",
cada cual nos echaba en una cesta de mimbre que llevábamos lo que buenamente podía ofrecernos (granadas, membrillos, chocolate, nueces, castañas, o cualquier otro tipo de viandas), para poder pasar la madrugada entre el uno de noviembre (día de Todos los Santos) y el dos (día de los Fieles Difuntos).
Una vez que caía la tarde del día uno, nos subíamos al campanario y comenzábamos a tocar las campanas a difuntos (un toque con el campanín de duelo y otro con la campana gorda) toda la madrugada.
Allí subidos, en buena compañía, los “monacillos”, como decían los mayores, encendíamos una candela para poder aguantar toda la noche, ya que en la torre y de madrugada, como se dice por aquí, caían buenas “pelúas”. Allí dábamos buena cuenta de los alimentos que habíamos recolectado los días precedentes. Eso nos mantenía en vela, para poder aguantar del tirón la amplia y gélida madrugada, entre cabezada y cabezada, broma y broma, y alguna que otra historia de miedo que hacía la noche más entretenida. Así, hasta la hora del alba en que se celebraba la primera misa para honrar a todos los difuntos de la localidad.
Pues bien, posteriormente, con el aire de los nuevos tiempos, se instaló el sistema eléctrico automatizado de toque de campanas y, como todo avance de la tecnología, mermó la mano de obra humana. Se dejó de subir al campanario a tocar manualmente y el número de monaguillos descendió hasta que, durante varios años, éste que les escribe, se quedó como el único que realizaba todas las funciones de atención a los cultos.
Con dicho motor, manejado desde un cuadro eléctrico colocado en la sacristía, se podían controlar todas las funciones de dobles, repiques, señales de misas.  Así, poco a poco, comenzó el declive de esta tradición, hasta que finalmente, se perdió para quedar solamente en la memoria de sus actores.

Hoy día, con la globalización o más bien con la influencia de tradiciones tan distantes y distintas a las nuestras (las “Americanadas”, que es como yo las denomino) de unos años a esta parte nos han contaminado esta fiesta de calabazas huecas con forma de monstruos, con velas en su interior, disfraces de demonios y de cualquier suerte de muerto viviente, para festejar a su forma una tradición, Cristiana para nosotros y Pagana para ellos. La denominan “Halloween” o fiesta de los muertos. Más bien parece un desfile carnavalesco en pleno otoño que otra cosa mas seria. A mi parecer, esta festividad es merecedora de ser afrontada con un mínimo de respeto por los que ya nos faltan.
Corren nuevos tiempos. Mejores o peores que los que ya pasaron. Pero no distintos. Tenemos que adaptarnos a las nuevas corrientes, por las cuales la sociedad va discurriendo. Pero pienso que no debemos olvidarnos de nuestras tradiciones, ya muchas perdidas, y de las que nuestros mayores nos pueden hablar de forma mas fidedigna que yo, por edad y conocimientos.
Pero humildemente y desde la perspectiva de mis 37 años, he querido recordar en estas fechas tan cercanas, una tradición que, por ser monaguillo en aquellos años, me ha traido muy buenos recuerdos de camaradería entre los niños que formábamos el cuerpo de pequeños “Pillos de Sacristía”.
Con todo mi cariño y afecto a todos los que a través de los tiempos son, han sido y siempre serán, “Pillos de Sacristía”. Va por ellos.
Bueno y llegados a este punto, dirán que por qué dedico este artículo a mi madre Palmira, pues sin ir más lejos, porque cuando me quedé solo en el cargo, con unos once años, se pasó toda la noche de difuntos a mi vera en la sacristía. Siempre las madres pendientes de sus hijos. Estuvimos al cuidado de que no se parase el sistema eléctrico de toque de campanas ya que, en Alanís, el fluido eléctrico tenía y tiene muchas caídas por lo que había que arrancar nuevamente el mecanismo de toques.
Un millón de gracias por su compañía y por su apoyo. Que este escrito sirva de homenaje a las que, afortunadamente, aún tenemos con nosotros y en memoria de las que, por desgracia, ya no pueden estar a nuestro lado. Que Dios las bendiga, tanto aquí en la tierra como allá arriba, en el eterno paraíso de los justos.

                                            © Alberto Fernández Antunez, octubre de 2009

miércoles, 28 de octubre de 2009

ALMORAIMA, SUEÑO DEL GUADALQUIVIR




Es una calurosa noche de verano; noche de estío andaluz. Tedio y sopor se reflejan en tus aguas mansas, mezclándose con el fulgurante brillar de las estrellas. La luna se asoma burlona, iluminando con su palidez las casas de  Triana, la dorada torre, el minarete de la Giralda, la Mezquita, las almas de tu tierra… Y tú, lento, apacible, dejándote llevar, derramándote.
     Se ha levantado una suave brisa que dispersa la calima espesa y maloliente. De la mano del aire te meces en un columpio imaginario y dejas volar tus pensamientos, abriendo de par en par sus puertas al sueño. Recuerdas, envuelto en un sopor embriagador que adormece tus sentidos, como si estuvieran prendados del dulce néctar del vino. Recuerdas, recuerdas…


Almoraima, sueño del Guadalquivir,
quimera de otra noche veraniega,
recuerdos de amores prohibidos,
de amantes que esperan…


     … Apenas si acabas de nacer. Saltas con brío entre piedras y arbustos. Rebosas frescor y pureza cristalina. Eres todo nervio, toda fuerza, toda nobleza. Tu ser se expande con el más limpio de los aires y te envuelve, arrullante, el canto del ruiseñor, del jilguero, del gorrión.




Sierra de Cazorla,
Recuerdo de tu niñez…

     Tu camino, aún impetuoso, prosigue incansable. Corre por tus venas la mágica savia de la juventud. Te fundes en un solo cuerpo con la naturaleza que te rodea. Cañaverales, robledales, elásticos juncos que se inclinan a tu paso, peces, nutrias, pájaros… Todos sin distinción te acompañan alegres. Todos forman parte de ti; te pertenecen. Eres feliz, inocente, puro; inmaculadamente puro.

¡Quién pudiera soñar su juventud,
Quién…
¡Quién pudiera revivirla…!


 Ahora, tu andadura se reposa y detienes por un instante la veloz carrera, el frenético fluir. Miras a tu alrededor. Todo ha cambiado. Por unos segundos un nudo atenaza tu garganta. Sientes miedo. ¿Dónde están los árboles? Quien te viera, diría que una lágrima resbala por tus mejillas. Tu alma de río se conmueve. ¿Dónde están los árboles? Y como si las fuerzas te abandonaran, percibes en tu cuerpo el peso del camino. ¡Definitivamente lloras!
     El tiempo transcurre imperturbable; ajeno a todo y a todos. Juez implacable de nuestras vidas. Cruel tirano de nuestro devenir.
A lo lejos algo extraño, distinto a lo que conoces, se yergue desafiante en el horizonte. Córdoba. Árboles blancos que no tienen ramas, ni pájaros, ni esencia. Tan solo escasas y tristes flores que cuelgan de ellos y los adornan. Algo te oprime, te encajona, te limita. Por un momento sientes morir. ¿Qué será la muerte? Eterna pregunta sin respuesta. Ni tan siquiera tú lo puedes llegar a comprender.



Pero aprendes pronto. Conoces por fin al hombre; su vida, sus designios, sus pesares, su poder. Su incomprensión hacia ti. ¡Extraño ser!
     Quisieras escapar; huir a toda prisa. No puedes. Ahora lo sabes. Sientes como arranca por doquier trozos de tu ser; retazos de tu alma.

…Y la vida sigue
como el devenir constante de un río
que entre juncales deja
olvidados sus recuerdos.

Sigues adelante y en tu camino, Sevilla. Madurez, plenitud. Ha pasado el miedo. Has olvidado la pena. Presente, solo presente. Resignación. Te has acercado ondulante hasta la orilla. Allí, en la arena templada por el sol, acaricias unos pies desnudos. Es una forma de mujer. Su piel es suave como ninguna que recuerdes. Vuelves a ella una y otra vez. La miras fijamente y su rostro se refleja en tus aguas. Es hermosa; incomprensiblemente hermosa. Ojos negros de azabache. Cabellos largos y sedosos. Escultura perfecta. Se inclina sobre ti; te toca. Refrescas su cara; mojas sus labios. Te queda el sabor de un beso dulce y profundo. Sientes cautivar tu corazón, llenarlo de cadenas. Estás enamorado. Como una cantinela lejana oyes pronunciar su nombre:

“Almoraima, Almoraima…”

Y como el eco melodioso lo repites:

“Almoraima, Almoraima…”


Ya nunca escucharás otro nombre de mujer.


“Almoraima, Almoraima…”


Aún resuena en tus oídos cuando la ves alejarse. Corre graciosa hacia Triana, lejos de ti.


“¿Dónde vas?”
¡Vuelve!

No te oye. Se aleja más y más. No te oye…
     Y tú, que no puedes detener tu caminar; que debes proseguir condenado a un fluir eterno, imperturbable; que no tienes derecho al amor…

“¿Por qué?
¿Por qué?

En tu profundo interior sabes que, dentro de un instante, solo quedará de ella tu recuerdo; tu efímero y bello recuerdo. Infame ironía del destino.


“Almoraima, sueño del Guadalquivir,
bellos ojos que se ocultan
tras las amargas lágrimas
de un desengaño…”

Descubres la tristeza de un camino en soledad. Sientes que alguien te llama, premioso, irresistible. Queda atrás la belleza de un paisaje, el recuerdo de un momento feliz. También el hombre, su entorno, sus monumentos, su ironía, su desolación…
     Proseguir, proseguir, es tu firme obsesión. Discurrir pausado, tranquilo pero sin pausa. Discurrir buscando el fin, el momento, el supremo instante, la razón de tu existencia, tu propia y real intimidad. Se podría decir que anhelas la muerte.

“Almoraima, sueño del Guadalquivir.
La muerte es solo otro bello recuerdo,
Una palabra en las alas de viento.”

     Ya presientes el fin. Llega hasta ti el lejano rumor de las olas. Tus entrañas se conmueven. No, no es miedo lo que sientes. No te asusta lo irremediable. Es una extraña mezcla de serena inquietud, de inmensa melancolía. El tiempo parece detenerse. También tú, remanso, paz; infinita paz. El aire huele a marismas y sal. El mar está cerca. Sanlucar lo contempla. Sabes que has llegado, que todo se consuma, que el tiempo ha dejado de existir. Un último recuerdo asalta tu memoria. Un definitivo sentimiento: Amor…

“Almoraima, Almoraima…
Un dulce sueño me embarga,
va adormeciendo mis penas,
embriagando mis sentidos,
amamantando mi espera.
Otra vez, Almoraima,
la más bella entre las bellas,
otra vez beso tus pies
desnudos sobre la arena.
Otra vez sueño contigo
cuando mi muerte está cerca,
cuando las olas me atraen
sin que pueda detenerlas.
Valió la pena ser río
enamorado y poeta;
valió la pena ser río
y dejar mi vida entera
derramada entre las tierras
de Cazorla a Barrameda…”

    

Y así, mecido por la fresca brisa del mar, tus aguas se funden ceremoniosas con las olas y alcanzas, definitivamente, el hito de la inmortalidad.
     Atardece. Anda el sol en busca de su ocaso tras los lejanos caminos del horizonte y el crepúsculo se viste de una espléndida sinfonía de colores. Las dulces aguas del Guadalquivir se vierten en el mar y llega hasta mí el rumor de las olas. En verdad parece que contaran historias de enamorados…

© Luís Narbona Niza, octubre de 2008

viernes, 23 de octubre de 2009

Sombría


Sombría me hallo, mustia, inhabitada,

de tantas trashumancias en amores,

de tanta desazón, desazonada,

de tantos infortunios y rencores.


Amando , sin pasión, apasionada,

trémula como el viento entre las flores,

henchida por dolor, enajenada,

de tanto enardecer viejos amores.


Amores sin concierto y desconcierto,

giróvaga por ellos y su esencia,

exaltando momentos sin acierto,


agravios que me llegan sin conciencia,

mi vida hecha pedazos con injertos

de tantas y tantas transigencias.


© Koki, octubre de 2009