domingo, 19 de octubre de 2008

El depósito

Tradición: proviene del latín traditio, y éste a su vez de tradere, "entregar". Es tradición todo aquello que una generación hereda de las anteriores y, por estimarlo valioso, llega a las siguientes.

Tradición también significa entonces entregar, y algo que entregamos es algo que se puede usar, algo que nos hace sentirnos especiales y diferentes, algo que nos enseña valores y formas de relacionarnos y convivir.
Entonces ahora lo entiendo casi todo, eran tradiciones del pueblo las candelitas, las cruces de mayo, y ya no lo son. Nos han dejado de entregar cosas a los jóvenes y a cambio de estos se nos ha entregado….se nos ha entregado…¿NADA?.
Antes se iba al parral a jugar a las bochas, al campo a hacer chozas, a coger gorriatillos, ahora todo eso lo cambian por pasarse horas y horas mirando la tele, o jugando a una videoconsola, así, casi sin relacionarnos, o relacionándonos demasiado con gentes con las que no compartimos nada y de la que no conocemos ni su mote, solo un nick.
Y eso se traslada a la cotidianidad y resulta que nos encontramos con jóvenes que derivan sin rumbo, que no encuentran un palo al que agarrarse, y padres a los que les preocupa más el que dirán los vecinos que lo que a sus hijos les pueda pasar, y vecinos a los que sólo les interesa sacar la mierda del de la casa de al lado, sin mirar la suya propia.
Y ahora imaginemos un escenario para una película, por ejemplo….Alanís. Los actores, claro está, son los vecinos y nos falta una trama…….espera déjame pensar…!ya la tengo! Un día antes de comenzar la feria uno de los edificios más emblemáticos del pueblo agoniza y quiere caerse en pedazos.
Lo importante para todos no era el edificio en sí, lo importante era la feria, allí en el mismo lugar en el que tantas y tantas noches de juerga hemos pasado, allí donde más de uno dio el primer beso de amor a su chica o chico, donde empezamos a entender que existía la madrugada y las primeras luces del alba, allí donde comenzamos a bailar al ritmo de una melodía, y allí donde nos hicimos mayores y les dijimos a nuestros padres que por favor nos dejaran un poquito más tarde.
Pero claro cómo nos iba a interesar un edificio si existen tantos ejemplos de cosas que han dejado de importarnos, tradiciones que se nos fueron y ninguno, incluido yo, hemos hecho casi nada por recuperarlas. Tenemos ejemplos sangrantes de cosas que han sucedido en Alanís y hemos mirado para otro lado; el día que la patrona se quedo sin salir, el día ese que había que manifestarse para que no hicieran la variante y primaban más, como siempre, los motivos políticos que Alanís. En lugar de luchar por nuestro pueblo solo sabemos criticarnos los unos a los otros, los altos a los bajos, los de derecha a los de izquierda y viceversa, y así luego nos luce el pelo.
¿Que qué tiene que ver todo esto con el depósito? Pues…..¿NADA?.


© Arturo Fernández Diéguez. 19 de octubre de 2008

lunes, 13 de octubre de 2008

De paseo por la sierra.

Siempre me ha gustado madrugar.
Los fines de semana, cuando todos deciden competir por levantarse el último, yo madrugo. No hago más que abrir el ojo derecho y ya tengo un pie en el frío embaldosado. Automáticamante, sincronizado con mi pie izquierdo, el perro salta de su palafito de poliéster para celebrar mi despertar. Interesado, sólo piensa en su paseo de la mañana.
Las babuchas suelen estar en su sitio, eso si mi fiel amigo no anduvo de imaginaria durante la noche. Una rápida pasada por el baño, un espurreo de agua en la cara y en el escaso pelo que ya me brinda el calendario, pantalones, botas y abrigo. También llevaré paraguas. Hoy llueve.
La calle normalmente vacía a esas horas, solo un par de vejetes y jornaleros, que se apresuran a su copilla de la mañana, unos buenos días de tono grave y masculino, pero cordiales..., y rumbo a los caminos de la sierra.
El manojo de nervios con cuatro patas y pelo negro que velozmente me acompaña, ya ha puesto por medio quince o veinte metros de adoquinado. No hago carrera de él.


Estos días de agua son especialmente encantadores en su amanecer si no arrecia el temporal. Las neblinas o el chirimiri, ese que cuando te das cuenta estás calado, le dan a la Sierra Morena de octubre un tono verde oscuro y grisáceo, que hace de sus montes una copia de los de la lejana Escocia. Las nubes, cargadas de agua, rozan las copas de la arboleda en la dehesa y se extienden por las laderas como frescos visillos. Al fondo del valle, al otro lado de Benalíjar, el moribundo Hamapega alivia su herida con la llovizna. Y pienso: "pronto no existirá".
Al tomar la carretera de Guadalcanal veo a Antonio que comienza su habitual paseo camino de Los Barriales. Ya jubilado, nadie sabe más de olivos e injertos que él. Siempre me llama "niño", desde que una vez intentara, fracasadamente, enseñarme todos los secretos en la poda del olivar.
Creo que entendió que mi futuro no iba por esos derroteros. Aunque ahora lamento no haberle prestado más atención. A pesar de la lluvia no varía su acostumbrada ruta. Yo decido no alejarme demasiado del pueblo por si aprieta el agua.

- ¿Ah, pero ya te das la vuelta, niño?- me pregunta cuando ve que en El Abanico cambio el rumbo de mi marcha, hacia el cementerio. Él sigue adelante con su amplio paso y su paraguas.

En apenas dos horas trasteo todos los alrededores del pueblo, desde el Castillo hasta los Llanos. La lluvia nos ha perdonado y a mi, me ha permitido cargar las pilas al cien por cien, para superar otros quince días de asedio de la rutina a mi corazón, que en aunque vive en la ciudad, siempre anda paseando por estas sierras.

(c) Leopoldo F. Espínola Guzmán, 13 de octubre de 2008.

domingo, 5 de octubre de 2008

El ángel del Guadalquivir

Sevilla, 14 de noviembre de 2004

Consuelo Fernández lo iba a vender. Alguien se interesó por él. El Carbea II llevaba cuatro años inmóvil en dique seco en un patio de Tomares. El sábado por la tarde lo botaron en el río, en el embarcadero de Gelves y lo limpiaron para que el futuro dueño lo viera joven y bonito al día siguiente. Estuvo toda la noche solo. Atado a su dique, acompañado por el reflejo de la luna sobre el espejo del agua, entre la selva de zarzas y adelfas que vigilan el manso Guadalquivir desde sus orillas. Pero a la mañana siguiente, el comprador no se presentó. El Carbea II amaneció entre el frío y los vapores de la mañana. El olor a churros y café del domingo se esparcía por todo el cauce del río.
Los últimos crápulas abandonaban sus tugurios nocturnos y se prestaban al descanso. Cuatro años en dique seco y el día que va a navegar por fin, la persona que iba a darle una nueva vida se echó atrás en el último momento. Pero él permanecía allí, en el lecho del Guadalquivir, aquella precisa mañana, como el perro que espera a que su amo lo saque a pasear.
Consuelo, en compañía de su amigo Raimundo, ante la ausencia inesperada del comprador, en lugar de sacarlo del agua y devolverlo a su dique seco, deciden probar su motor, reparado recientemente, navegando a favor de la corriente hasta la cercana Coria. Sin embargo, se produce un nuevo cambio de planes. Raimundo propone a Consuelo navegar contra corriente, así, en caso de avería, sería el propio río el que los llevaría de regreso hasta el muelle. ¿Casualidades de la vida?Poco después, mientras el Carbea II navegaba a poca velocidad para no forzar el motor, un helicóptero con cinco personas dentro, que inexplicablemente volaba bajo y siguiendo el cauce del río, se precipitó contra el agua a doscientos metros de él. No había ningún barco más allí aquella mañana. Rápidamente el Carbea II y sus dos tripulantes pasaron a la acción. Recogieron del agua a Roberto, que tenía un golpe en la cabeza, después, a punto de desfallecer, a Manuel, y a Lucio, que tenía un brazo roto, e inmediatamente al piloto de la aeronave, José Enrique, que a pesar de tener las dos piernas fracturadas consiguió mantenerse a flote. Y ya no pudieron hacer más. En un instante de sus vidas habían salvado otras cuatro.Aquella mañana, Consuelo se había levantado con la intención de vender su barco: el Carbea II, por suerte, el destino quiso que la venta no llegara a consumarse. Cuatro años antes Consuelo lo había comprado, sin saberlo, para que fuese esa mañana su mañana, la mañana del Carbea II, o deberíamos llamarle mejor El Ángel del Guadalquivir.

© Leopoldo F. Espínola Guzmán. Alanís
Diario ABC (22-11-2004)