lunes, 13 de octubre de 2008

De paseo por la sierra.

Siempre me ha gustado madrugar.
Los fines de semana, cuando todos deciden competir por levantarse el último, yo madrugo. No hago más que abrir el ojo derecho y ya tengo un pie en el frío embaldosado. Automáticamante, sincronizado con mi pie izquierdo, el perro salta de su palafito de poliéster para celebrar mi despertar. Interesado, sólo piensa en su paseo de la mañana.
Las babuchas suelen estar en su sitio, eso si mi fiel amigo no anduvo de imaginaria durante la noche. Una rápida pasada por el baño, un espurreo de agua en la cara y en el escaso pelo que ya me brinda el calendario, pantalones, botas y abrigo. También llevaré paraguas. Hoy llueve.
La calle normalmente vacía a esas horas, solo un par de vejetes y jornaleros, que se apresuran a su copilla de la mañana, unos buenos días de tono grave y masculino, pero cordiales..., y rumbo a los caminos de la sierra.
El manojo de nervios con cuatro patas y pelo negro que velozmente me acompaña, ya ha puesto por medio quince o veinte metros de adoquinado. No hago carrera de él.


Estos días de agua son especialmente encantadores en su amanecer si no arrecia el temporal. Las neblinas o el chirimiri, ese que cuando te das cuenta estás calado, le dan a la Sierra Morena de octubre un tono verde oscuro y grisáceo, que hace de sus montes una copia de los de la lejana Escocia. Las nubes, cargadas de agua, rozan las copas de la arboleda en la dehesa y se extienden por las laderas como frescos visillos. Al fondo del valle, al otro lado de Benalíjar, el moribundo Hamapega alivia su herida con la llovizna. Y pienso: "pronto no existirá".
Al tomar la carretera de Guadalcanal veo a Antonio que comienza su habitual paseo camino de Los Barriales. Ya jubilado, nadie sabe más de olivos e injertos que él. Siempre me llama "niño", desde que una vez intentara, fracasadamente, enseñarme todos los secretos en la poda del olivar.
Creo que entendió que mi futuro no iba por esos derroteros. Aunque ahora lamento no haberle prestado más atención. A pesar de la lluvia no varía su acostumbrada ruta. Yo decido no alejarme demasiado del pueblo por si aprieta el agua.

- ¿Ah, pero ya te das la vuelta, niño?- me pregunta cuando ve que en El Abanico cambio el rumbo de mi marcha, hacia el cementerio. Él sigue adelante con su amplio paso y su paraguas.

En apenas dos horas trasteo todos los alrededores del pueblo, desde el Castillo hasta los Llanos. La lluvia nos ha perdonado y a mi, me ha permitido cargar las pilas al cien por cien, para superar otros quince días de asedio de la rutina a mi corazón, que en aunque vive en la ciudad, siempre anda paseando por estas sierras.

(c) Leopoldo F. Espínola Guzmán, 13 de octubre de 2008.

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