sábado, 29 de noviembre de 2008

Amanecer en Alanís


Noche eterna
de pájaros negros
y flores secas.
Torrentes que afluyen
en ríos invisibles
por tus valles floridos.
Un yunque que sueña
silencio de hormiga.
Un fuego que arrasa
pasión en la herida.
Y al alba en sigilo
se escapa la luna,
dando paso al esperpento
de máquinas tronadoras,
¡rompiendo el silencio
de la nueva aurora!

© Federico Serradilla Spínola, Junio 2oo1

domingo, 9 de noviembre de 2008

¿A do va la Humanidad?

El ser "racional" vivo, movido al impulso de extrañas, variantes y multiplicadoras células que anidan en su organismo, olvidó o tal vez no llegó a percibir que, sólo, tan sólo, un hilo fragilísimo e invisible nos mantiene vivos de forma providencial. Este hilo, tan frágil, es capaz de aguantar físicamente los mayores avatares. Pero, a veces, se rompe con la misma facilidad con que desaparece el vaho de un niño sobre el cristal de su ventana.. Y, cuando esto ocurre, ya sea con gran serenidad o con descarnada violencia, ese depósito repleto ora de células muertas, explota, se deshace absolutamente y desaparece sin rastro alguno, para integrarse en la espuma cósmica universal. ¿Podríamos pensar un poco más y algunos por primera vez, en la fragilidad de ese hilo umbilical entre la VIDA y la NADA? ¡Es tan poco lo que necesitamos y tanto lo que queremos materialmente!
Este modesto duendecillo que continuamente hurga entre el montón de hojarascas en que ha quedado reducida la sensatez, aunque con dificultad, sigue encontrando la suficiente dosis como para poder "ir tirando" de este carro de lo absurdo al que se han subido tantos insensatos.

Una puesta de sol, la primera brisa del alba, el hermoso pino que corona la cuesta del cerro, una roja y bellísima amapola, el primer canto de la alondra en la nueva mañana. El nacimiento de una nueva vida o la majestuosidad de un anciano, nos debiera dar la suficiente serenidad como para poder reflexionar sobre la fragilidad de nuestra existencia. Recordemos a tantos seres queridos que se nos fueron para siempre y que, a veces, parece que ni siquiera existieron, aunque siempre se lleven en el corazón.

En la consulta de Radioterapia del Hospital Virgen Macarena. Agosto 2005

© Federico Serradilla Spínola, Agosto 2005

sábado, 1 de noviembre de 2008

El concepto Tiempo (Según la filosofía)

La Mina del Cerro Hierro, en la Sierra Norte de Sevilla, término de San Nicolás del Puerto, que explotaba una Compañía Inglesa, dejó de funcionar allá por los años treinta del siglo pasado. Y recuerdo un decir, muy habitual de los jefes de dicha explotación, que, cuando yo era un niño escuchaba mucho por el pueblo. "No hablar más y vamos al tajo que el tiempo es oro". Muchos hombres "de campo" (como les decían los artesanos) aunque la mayoría nunca asistieron a la Escuela, no les faltaba inteligencia natural. Por tanto a la expresión el tiempo es oro, estos contestaban: "sí, para mi amo el dueño de la finca". Respuesta muy lógica.
Claro que este tema no lo comprendí bien hasta que fui adulto. Estaba claro que, para los jornaleros que araban la tierra o segaban la mies "de sol a sol" o sea, todo el tiempo que duraba la luz natural, nunca hubo oro.
A lo largo de mi dilatada vida vine escuchando o leyendo, "hoy hace un tiempo caluroso" "el tiempo está que no sabe si llover o hacer sol" "el invierno pasado hizo un tiempo benigno" y así innumerables conceptos sobre la palabra TIEMPO referidos a la Naturaleza. Tema que nunca me paré a reflexionar, ni nadie me habló de ello hasta que llegué a la Facultad de Filosofía, en el 2000, con mis setenta años a cuesta y leí a E. Morin y a M. Heidegger, además de las enseñanzas de mis profesores. Yo relacionaba la palabra tiempo, como naturaleza (atmósfera), con la Historia, o con las medidas del reloj mecánico, etcétera.
Veamos si he conseguido aclararme –aunque sea un poco- respecto de los argumentos empleados por los filósofos antes mencionados. Heidegger dice o parece pensar que "el tiempo no encuentra su sentido en la eternidad. Que podría ser un buen punto de partida si conociésemos adecuadamente la eternidad..." pero ello conlleva acto de fe y ante esta perspectiva empiezan las discusiones sobre la cuestión del tiempo.
Yo me pregunto: ¿si nos "agarramos" al reloj –por tanto a lo físico- el tiempo tiene oportunidad de manifestarse?. En principio creo que sí. Ello me hace meditar que la ciencia del brazo de la filosofía, quizás puedan alcanzar conceptos más claros o sabios sobre el fenómeno tiempo.
Aristóteles afirmaba: "Tampoco el tiempo es nada en sí. Sólo existe como consecuencia de los acontecimientos que tienen lugar en el mismo. El cambio de posición, el movimiento. Si el tiempo no es un movimiento, tendrá que ser algo relacionado con él" Aquí viene bien lo que decía Einstein: "No hay un tiempo absoluto, ni una simultaneidad absoluta"
Ya sabemos que, en lo físico sólo se manifiesta por el reloj, pues este de lo que parece entender es de "cuanto tiempo", "desde cuando, hasta cuando". En el reloj se repite constantemente la misma secuencia temporal, sin sujeción a cambio por ningún influjo externo. Con o sin reloj, yo expreso: ahora, al amanecer, al anochecer, esta noche, hoy... Este es el reloj natural del cambio, del día y de la noche. Subrayando a Platón, "el tiempo no es más que "una idea", ya que con la palabra tiempo lo mismo se está defendiendo una circunstancia que una medida que marca el reloj mecánico"
La Naturaleza, ese cosmos maravilloso en el que se manifiesta el tiempo, me hizo vibrar espiritualmente y compuse un poema del que sólo transfiero la primera estrofa:

¡Ay! Aquel tiempo perdido...
Tiempo te busco en la eternidad.
Desde niño te sigo errante.
¿Dónde te puedo encontrar?
Te perdí, y ahora... ¡necesito hallarte!
.........
Con este tema, espero entretener un poco a los estudiosos de la Naturaleza o al menos hacerlos reflexionar sobre el concepto TIEMPO.

© F. Serradilla –2008-

lunes, 13 de octubre de 2008

De paseo por la sierra.

Siempre me ha gustado madrugar.
Los fines de semana, cuando todos deciden competir por levantarse el último, yo madrugo. No hago más que abrir el ojo derecho y ya tengo un pie en el frío embaldosado. Automáticamante, sincronizado con mi pie izquierdo, el perro salta de su palafito de poliéster para celebrar mi despertar. Interesado, sólo piensa en su paseo de la mañana.
Las babuchas suelen estar en su sitio, eso si mi fiel amigo no anduvo de imaginaria durante la noche. Una rápida pasada por el baño, un espurreo de agua en la cara y en el escaso pelo que ya me brinda el calendario, pantalones, botas y abrigo. También llevaré paraguas. Hoy llueve.
La calle normalmente vacía a esas horas, solo un par de vejetes y jornaleros, que se apresuran a su copilla de la mañana, unos buenos días de tono grave y masculino, pero cordiales..., y rumbo a los caminos de la sierra.
El manojo de nervios con cuatro patas y pelo negro que velozmente me acompaña, ya ha puesto por medio quince o veinte metros de adoquinado. No hago carrera de él.


Estos días de agua son especialmente encantadores en su amanecer si no arrecia el temporal. Las neblinas o el chirimiri, ese que cuando te das cuenta estás calado, le dan a la Sierra Morena de octubre un tono verde oscuro y grisáceo, que hace de sus montes una copia de los de la lejana Escocia. Las nubes, cargadas de agua, rozan las copas de la arboleda en la dehesa y se extienden por las laderas como frescos visillos. Al fondo del valle, al otro lado de Benalíjar, el moribundo Hamapega alivia su herida con la llovizna. Y pienso: "pronto no existirá".
Al tomar la carretera de Guadalcanal veo a Antonio que comienza su habitual paseo camino de Los Barriales. Ya jubilado, nadie sabe más de olivos e injertos que él. Siempre me llama "niño", desde que una vez intentara, fracasadamente, enseñarme todos los secretos en la poda del olivar.
Creo que entendió que mi futuro no iba por esos derroteros. Aunque ahora lamento no haberle prestado más atención. A pesar de la lluvia no varía su acostumbrada ruta. Yo decido no alejarme demasiado del pueblo por si aprieta el agua.

- ¿Ah, pero ya te das la vuelta, niño?- me pregunta cuando ve que en El Abanico cambio el rumbo de mi marcha, hacia el cementerio. Él sigue adelante con su amplio paso y su paraguas.

En apenas dos horas trasteo todos los alrededores del pueblo, desde el Castillo hasta los Llanos. La lluvia nos ha perdonado y a mi, me ha permitido cargar las pilas al cien por cien, para superar otros quince días de asedio de la rutina a mi corazón, que en aunque vive en la ciudad, siempre anda paseando por estas sierras.

(c) Leopoldo F. Espínola Guzmán, 13 de octubre de 2008.