El sábado pasado, toda su familia, los parientes y gran cantidad de amigos, dimos sepultura en la villa de Gines a UNA GRAN SEÑORA DE LA ESCENA. Doña Teodora Picazo Sánchez “DORITA PICAZO” en el mundo del Teatro. Nació, como todos sus hermanos, en el seno de “Los Cómicos de la Legua”. Sus padres, extraordinarios actores, mis siempre recordados tíos Eugenio y Paca, llevaban el Teatro en la sangre y lo impartían de pueblo en pueblo. Primero andando, después en carro tirado por bestias, para los pertrechos, decorados y ropaje (la compañía seguía a pie). Y así, hasta conseguir su propio local ambulante, maravilloso Teatro una vez montado. Lo trasladaban en un gran camión, también de su propiedad. Así como un microbús para La Compañía. Tras grandes sacrificios, por fin, ¡lo consiguieron! Cosecharon grandes triunfos por toda Extremadura, Ciudad Real y Andalucía. Y muchas veces por Alanís, cuna querida de nuestra Asociación Literaria, donde publico esta sentida semblanza. Hablar de esta gran familia de actores, sumaría muchas páginas. Hoy, me quiero remitir sólo al acto de ayer. En el que me atreví a manifestar en público, con todo el desgarramiento y tristeza que produce enterrar a un ser maravilloso y en presencia de sus hijos: “ESTE ES EL ENTIERRO MÁS BONITO QUE CONOCÍ EN MI VIDA.” Su hija Fabiola (Licenciada en Derecho, prestigiosa profesional) leyó del Evangelio y de su propia cosecha le dedicó una plática maravillosa, donde hablaba de sus siempre grandes sacrificios y especialmente, en los años duros de este país (los cuarenta, cincuenta...) Como profesional, como hija, esposa, madre, hermana y abuela. Un nieto le dedicó una sentida plegaria, cantando y a la guitarra, a modo aflamencado. La misma Fabiola, con un estilo depurado, también le cantó. Y me atrevería a asegurar que no sólo nos estremeció a todos los asistentes, sino que hasta la propia Iglesia se estremecía. Y así, paso a paso, hasta el cementerio de San José. Al hijo mayor, Arturo, le faltaban palabras, aún siendo un gran dominador de ellas, para consolar a su padre e intentar llevarlo a casa y evitarle el último e inevitable mal trance. Mas no fue posible.
Hasta el propio Párroco, ante tanto amor, y tanto perfume de arte que inundaba el templo, convertido en un improvisado actor, dirigiéndose al féretro se pronunciaba: “Teodora, tú no has muerto, estás viva, en EL ÚLTIMO ESCENARIO, el mejor que jamás pisaste. El más grandioso, el más bonito y el de más arte. Con el mejor público arropándote, que llena este Templo hasta la calle y que tal vez nunca soñaste. Tus ocho hijos que te adoran, como toda su familia, tu fiel y amante esposo más de cincuenta años ya. Tus hermanas, tus parientes y toda la gran familia que forman tantos y tantos amigos. Así que, nuestra querida Teodora, has de sentirte en estos
momentos, enormemente feliz, porque todos los grandes sacrificios, en tu larga vida, hoy, con todo el amor del mundo, te lo recompensan los tuyos y tanta gente que llenan a rebosar este, tu mejor teatro, con el más maravilloso escenario. Y sé que es así, porque tú me lo estás trasmitiendo”
No es totalmente literal lo narrado. Estoy haciendo un esfuerzo de memoria, ya muy gastada, también por los muchos años vividos gracias a Dios. Y quizás, como un designio del Cielo, ayer mismo, DORITA, recibía un homenaje especial. Por la noche se proyectó en televisión la gran película VIAJE A NINGUNA PARTE, del extraordinario Fernando Fernán Gómez, el más fiel reflejo del Teatro en aquellos duros años. Haciéndome revivir, cuando yo era un niño, la alegría de los encuentros con “los primos Picazo” como, con tanto amor, decía mi padre. Por último, pues habría mucho que hablar sobre este acto, os diré que, al despedirme de Paco Lastra, su esposo, extraordinario actor-director, no atinaba como hacer para consolarle. Sentado en su silla de ruedas, con una gran pena, con mucho amor y a su vez con enorme dignidad, clamaba: ¡Adiós mi querida compañera del alma! ¡Yo me quiero ir contigo! ¡Qué triste me dejas!...¡Adiós, adiós, adiós... Le cogí las manos, que estaban muy frías, se las apreté y en un fuerte abrazo le dije al oído... ¡PACO, TE QUIERO!
Federico Serradilla Spínola, 6 de febrero de 2010






